Un viaje en metro a la FFyL / Por Efrén Sandoval

8 AÑOS ¡HASTA QUE HAYA VERDAD! ¡HASTA QUE HAYA JUSTICIA!

Hacía tiempo que no me subía al metro. De hecho, la última vez que lo había hecho fue justo antes de que nos confinaran a causa de la pandemia. Hace varios días lo hice para ir a la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UANL, y esta fue mi experiencia.

Preparándome para mi viaje, encontré un boleto que mantuve conmigo todo este tiempo. Dudé si aún servía, pero decidí intentarlo. Inicié mi recorrido en la estación Zaragoza. Ingresé por las escaleras de Dr. Coss y al ver algunos pequeños grafitis, recordé que ese acceso había sido grafiteado durante la marcha feminista de marzo pasado y que, al contrario de lo que el gobierno del Estado hace con los casos de feminicidio, actuó raudo y veloz para despintar las paredes.

Jóvenes regiomontanas contra el acoso sexual y por el respeto al «vagón rosa». Foto tomada de internet

Mi boleto sí servía, así es que pude acceder al andén sin mayor contratiempo. Al bajar las escaleras eléctricas hacia el andén, y al ver la cantidad de telarañas colgando de las paredes, me pregunté ¿hace cuántos años que no las limpian?

Al estar en el andén caí en cuenta que era la primera vez que estaba ahí desde que fue inaugurada la línea 3 (que en realidad es continuación de la línea 2 –no recuerdo haber estado en otro sistema de metro, y miren que considero que he viajado bastante, en donde sin cambiar de tren, uno cambie de línea). A diferencia de antes, ahora la estación Zaragoza luce con más gente. De hecho, antes uno esperaba a que el tren llegara por la vía de enfrente para luego dar tiempo a que avanzara unos metros y se devolviera ya sobre la vía de regreso. Ahora, en cambio, en el andén de enfrente hay pasajeros esperando pues el tren continúa hacia la ya mencionada y mal llamada línea 3. A propósito de esperas, noté que ya no hay un reloj que le indique a uno en cuánto tiempo llegará el próximo tren, y supuse que había una relación entre esa ausencia y el número de minutos que tuve que esperar para que el tren llegara (muchos más que antes).

Con el paso de los minutos, lo que al inicio era un andén casi vacío, se tornó en un tumulto de gente que, una vez que llegó el tren, se acumuló frente a las puertas para ingresar en cuanto aquellas se abrieran. A pesar del momentáneo amontonamiento, alcancé lugar para sentarme. Era media mañana, así es que la gente movilizándose no era demasiada. Esto, además de que, hay que reconocerlo, ahora el tren tiene más vagones que antes. Como quiera, a partir de la estación Cuauhtémoc la cantidad de pasajeros aumentó considerablemente, y para cuando descendí en la estación Universidad, lo hice junto con cientos de estudiantes.

Al bajar del vagón, prácticamente me dejé llevar por la multitud anónima hasta los dos únicos torniquetes que hay para salir, mismo número que hay desde el día de la inauguración de esta estación del metro que no ha sido acoplada al incremento de usuarios.

Una vez que al atravesar el torniquete formalicé mi salida de este sistema de transporte, recorrí una de las varias rampas que como tentáculos ayudan a distribuir a los estudiantes y trabajadores hacia sus diferentes facultades (los que van a Leyes, FFyL, FACPYA, y otros, por la rampa de la derecha; los que van a Arquitectura, Química, la biblioteca Alfonsina, por el centro; por la izquierda los que van hacia…). Al dejar la rampa atrás, atravesé dos calles. Ya sabía de la existencia de los topes “tipo aeropuerto” instalados para dar preferencia a los peatones, pero no había visto la ciclovía, una de las últimas innovaciones de una universidad acostumbrada a siempre estar a la vanguardia (léase con voz fuerte y grave, y apláudase por favor). Antes de cruzar la tal ciclovía volteé hacia mi derecha y mi izquierda, pero no, por ahí no circulaba ningún biciclo. Y de hecho me pregunté, quién podía llegar a la UANL en bicicleta si está rodeada de avenidas tan amplias. ¿Se imaginan circular en bicicleta por Barragán?

El imperio del carro en la UANL. Foto tomada de Internet

Llegué puntual a mi primera cita. Me quedé de ver con alguien en la Flama de la Verdad. Recordé mi época universitaria, cuando ese lugar solía ser un punto de encuentro a veces para verse con algún amigo o amiga de otra facultad, a veces para luego tomar un camión hacia el centro, y en ocasiones, las menos, para hacer una manifestación en la explanada de rectoría. En mi camino a la escultura, noté con gusto que en los jardines, bajo la sombra de los árboles, muchos estudiantes estaban sentados conversando, algunas parejas se besaban, y otras personas estaban solas, leyendo un libro ¡y no viendo el celular! Es una costumbre que aplaudo, y que por lo menos significa que los árboles crecieron, que un buen número de estudiantes gustan de este lugar para convivir, y que las autoridades universitarias no han tenido la represiva idea de prohibir que los estudiantes hagan esto bajo el pretexto de cuidar el pasto: “Toda persona que sea sorprendida pisando el pasto será consignada….”.

Después de mi cita en la Flama de la Verdad tuve otra en la FFyL. Ya me habían advertido que para entrar había que pasar un retén instalado ahí para verificar el acceso y hacerlo casi exclusivo para quien no tuviera COVID y además tuviera un asunto que arreglar en la FFyL. Y es que al menos hasta el inicio del nuevo semestre, y a pesar de que ya las normas de higiene se habían relajado, en la FFyL seguían pidiendo QR, tomando temperatura, identificación de la UANL y hasta una razón para entrar (imagínese a los profesores explicando: “vengo a dar una clase”, de risa). Afortunadamente, el día anterior a mi llegada un grupo de estudiantes fastidiados por el cerco cuasidictatorial al parecer coherente con el ambiente político que hoy impera en esa facultad (la directora que ya no es directora sino “coordinadora”, sigue dictando y sin dar miras de querer dejar su cargo), un grupo de estudiantes, decía, hizo una protesta, cartulinas en mano, en la explanada de la FFyL. El ridículo motivo era el aún más ridículo retén, el cual para la mañana siguiente, esa en la que yo llegué, ya había sido reducido a una mesa, una botella de gel, un termómetro, un lector de QR y una empleada universitaria que veía el celular. Así es que, y como si de un acto heroico se tratara, tranquilamente pude acceder a la FFyL.

UANL. Facultad de Filosofía y Letras. Foto compartida por colegas universitarios

Al terminar mi cita ya era la 1:30. Caminé entonces hacia el metro. Ascendí por la rampa correspondiente y entonces caí en cuenta de que había demasiada gente, más de la que había visto en ocasiones anteriores. Recordé entonces algunas notas periodísticas que últimamente han reportado el cada vez más deficiente servicio del metro, y la multitud de gente que ahora lo usa. Básicamente lo que uno como lector de esas notas va entendiendo es que la población se ha multiplicado, pero no la frecuencia con que pasan los trenes. Esto además de desperfectos que se repiten cada vez más. Resultado: tumultos cada vez más tumultuosos y mayor número de usuarios afectados cada que el sistema simplemente deja de funcionar.

Y sí, después de hacer fila para comprar mi boleto (había por lo menos dos máquinas que no funcionaban), hice otra para pasar por el torniquete. Caminé por las escaleras eléctricas pues éstas no tenían electricidad, y llegué al andén. Efectivamente, nunca había visto tanta gente reunida esperando el metro en esta o cualquier otra estación. La mayoría, claro, eran estudiantes, pero también había hombres y mujeres ya no tan jóvenes, y algunos iban acompañados de niños. Pude notar que había “montones” de personas, y deduje que se correspondían con el lugar en donde seguramente se detienen las puertas de los vagones. Otras y otros esperaban sentados en la orilla del andén, y otros en medio, como yo.

Mientras esperaba empecé a calcular a cuál montón de gente acercarme. Creo que me decidí por un grupo en donde vi gente un poco más grande de edad que, pensé, al entrar al vagón empujarían menos que las impetuosas juventudes universitarias. Cuando el tren llegó, los grupos se hicieron más compactos, dejando sólo un pequeño espacio para que descendieran quienes recién llegaban. Luego, eso sí, vino la avalancha en busca de un lugar al interior del vagón. Todos avanzando, cuerpo contra cuerpo, hasta lograr entrar, y una vez dentro, seguir empujando hasta lo más al fondo posible. Para algunos ese fondo fue solo la orilla por la que pudieron entrar, justo en donde se cerrarían las puertas (cuando esto último sucede, la presión de los cuerpos aumenta, pues quienes quedan en la orilla hacen lo posible por rescatar sus glúteos de un posible apretón de puertas). Para otros ya no hubo espacio, y principalmente fueron mujeres quienes se quedaron al otro lado de la puerta, tratando de encontrar un hueco con la mirada, pero sin éxito.

Estación Cuauhtémoc, esperando el metro. Foto tomada de Internet

El tren avanzó y yo aproveché mi altura para detenerme del techo pues quedé en medio del pasillo del vagón. Así estuve durante varias estaciones hasta que poco a poco fueron descendiendo pasajeros y pude instalarme de mejor manera y detenerme de un tubo. Una vez instalado en mi nueva posición, sentí una gota de agua helada que cayó en mi mano derecha, aquella con la que me estaba sujetando del tubo. Entonces subí la mirada y vi que había una gotera que salía del sistema de enfriamiento, así es que moví mi mano unos centímetros más hacia la izquierda, e hice exactamente lo mismo que el pasajero sentado frente a mí y a cuyos pies estaba cayendo la gota: ignorar la gota.

En la estación Cuauhtémoc fueron muchos más los pasajeros que descendieron que los que subieron, así es que pude seguir el trayecto sentado hasta bajar en Padre Mier. Ahí terminó mi recorrido.

Desde que hay metro he preferido usarlo para ir a la Uni, pero veo que el metro ya no es un transporte tan cómodo como lo era hace algunos años. Aumentó el tamaño de cada convoy, pero ¿de qué sirve si ahora tardan más tiempo en pasar? Los tumultos ya no solo suceden en las horas pico, y acceder a un vagón en muchos casos se ha vuelto una especie de ley de la selva. El metro es una gran alternativa para transportarse, pero como pasa en otros casos, este sistema más que ser de transporte parece uno de segregación social: que lo use el que no tenga de otra, y si llega a su destino, haiga sido como haiga sido, pues que diga que le fue bien. Ya si quiere ir más cómodo, que se compre su carro, total, a la contaminación ya nos acostumbramos.

13 de septiembre de 2022

esandoval@ciesas.edu.mx

** El logo de Ayotzinapa fue tomado de la revista Discurso Visual

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