Una noche de armas largas y gansitos Marinela / por Efrén Sandoval Hernández

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Pasé la noche del 6 de junio afuera del área de urgencias médicas de la clínica 33 del IMSS. Adentro, mi madre recibía un procedimiento después de un conato de infarto cerebral. Más allá de las preocupaciones, la experiencia me sirvió para observar la tensión entre la cotidianidad de la violencia y el racismo, y la escasa legitimidad de quienes, se supone, fungen como la autoridad legal. La historia fue como sigue.

No podíamos usar la sala de espera del área de urgencias, éramos tantos que ahí ya no era posible mantener “Susana distancia”. Así es que nos obligaron a ubicarnos en el área donde descienden los enfermos que llegan en ambulancia o en auto particular. Todos los familiares de pacientes nos colocamos a lo largo de la banqueta y la barda que marcan el límite interior entre la zona hospitalaria y la calle.

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Familiares afuera de los hospitales. El Norte, tomada de internet

Muy pronto llamó mi atención la presencia de un soldado. –¿Y éste qué hace aquí?, me pregunté. Era joven, moreno, delgado, como de 1.70 metros de estatura. Vestía con algo que yo identifico como uniforme militar (por eso lo ubiqué como un soldado), portaba casco, botas, fornitura y un arma muy larga. En su antebrazo izquierdo tenía una cinta gruesa con las letras GN. Su estampa contrastaba con la ropa vieja y desfajada, y con la edad del guardia que se mantenía en la puerta de acceso al área Covid: –éste es contratado por outsourcing, deduje. Supuse que, en el contexto de la pandemia, de algún lado habría salido la orden de ubicar a un militar en cada instalación hospitalaria, ¿bajo cuál argumento? ¿Las agresiones que con armas de grueso calibre ha sufrido el personal médico? ¿Los familiares de enfermos Covid suelen portar armas? ¿El enemigo de la nación amenazó con devastar el tan prestigiado sistema de salud mexicano?

Después de una hora el militar fue sustituido por otro incluso más joven, pero de apariencia y vestido similar. El cambio de guardia consistió en pasar la fornitura de uno a otro. La solemnidad del acto se desvaneció cuando el recién llegado no atinaba a enfundarse correctamente la fornitura. Una vez concluido el protocolo, el nuevo elemento inició lo que interpreté como un rondín. Al pasar cerca de quienes ahí estábamos saludaba: “buenas noches”. La gente le respondía. Más que pensar que se trataba de un soldado muy amable, vino a mi mente la idea de que el tipo estaba fascinado con la idea de ser autoridad, y como tal, se quería hacer notar: –está jugando al soldado, ­–ahora resulta que el único individuo que aquí porta un arma larga se quiere hacer el amable, me dije. Luego me olvidé de él.

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Soldado en vigilia. El Diario de Chihuahua, tomada de Internet

El tiempo pasó, el cansancio y el sueño se acumularon, algunos familiares de pacientes se acostaron en la banqueta para dormitar, otros siguieron conversando. El personal médico salía y entraba de las instalaciones en su interminable búsqueda de Coca Cola y cigarros.  –Cuestión de estrés laboral, me dije. Después de la media noche yo entendí que la principal actividad del soldado en cuestión, con todo y su arma larga colgando del hombre izquierdo, era pedir a la gente (incluido el personal médico) que no fumara en el lugar, que si querían tenían que hacerlo en la calle.

Una dormitada mía fue interrumpida por una discusión. Un hombre de tez blanca, gorra para cubrir la luz de la luna, panza visible, 1.75 mts de estatura, vestido como basquetbolista de la NBA, familiar de algún enfermo, reclamaba al soldado su intromisión en una conversación: “Tú no tienes ningún derecho a meterte en las conversaciones de otros”, le decía. El tono fue aumentando principalmente en la voz del familiar del paciente, un hombre de “39 años” que en varias ocasiones recalcó que la diferencia de 19 años en relación a la edad del soldado, lo hacían a él una persona madura y al soldado un inexperto en lo que fuera. Además, el “maduro” se jactaba de haber trabajado en cuanta empresa importante hay en Monterrey, y de conocer a funcionarios públicos que iban desde el secretario de un ex gobernador, pasando por el actual procurador y hasta “el Arquitecto Benavides”.[1] Le echó en cara al soldado su pertenencia a una institución corrupta que trabaja para “la maña”. Luego pasó a otro tipo de argumentos y preguntó al soldado: “¿Y tú, de dónde eres? ¿De Guerrero, de Oaxaca?” “¿En dónde vives aquí?” “¿Conoces Monterrey?” El soldado… el soldado le contestaba como si las preguntas fueran en serio.

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“Cindy la regia”. Monterrey, la ciudad con más discriminación según la encuesta nacional de la CONAPRED

Los dos resultaron ser de Tamaulipas, uno de Mante y el otro de Victoria. Este último, entonces, tuvo que dejar el racismo a un lado para volver al argumento inicial, es decir, la legalidad (esa cosa que tan a conveniencia solemos usar): “En Tamaulipas ustedes se liaron con…” y mencionó nombres de personas y de carteles, e hizo mención de muchos enfrentamientos como si de un repaso de la historia patria se tratara, todo para hacerle ver al soldado, volviendo al punto, la poca autoridad moral que tenía para haber interrumpido una conversación, y para estar ahí de pie frente a este ciudadano ejemplar que, por cierto, ni portaba cubre bocas ni guardaba su sana distancia con nadie, faltaba más.

El tono de voz del victorense subió bastante, y al menos yo sentí que, aquello de las “faltas a la autoridad” ya podía ser aplicado si el soldado así lo disponía. El soldado casi no se movía, y contestaba con voz baja. Ambos dieron por terminada la discusión ya no recuerdo cómo, pero a los pocos minutos llegó una camioneta con tres soldados, todos con armas largas, claro. Éstos se reunieron con su compañero quien evidentemente los había mandado llamar, y luego uno de ellos, que parecía ser el jefe, mandó llamar al hombre de los 39 años que, supuse yo, estaría tragando saliva. ¿Estaríamos por presenciar una detención con todo y su consecuente tortura y desaparición forzada originada por la interrupción de una conversación a las afueras de la sala de urgencias de un hospital?

El supuesto jefe pretendió llamarle la atención, pero el “maduro” justificó su actitud culpando al soldado por haber interrumpido una conversación, y siguió haciendo recriminaciones con el mismo tono racista, clasista y gerontocrático que había usado minutos antes. Después de que la autoridad, seguramente siguiendo la instrucción de algún superior que ordenó no crear más problemas de los que ya hay, concluyera que “todo fue un malentendido”, la escena finalizó con un apretón de manos (nadie se puso gel ni se las lavó) después del cual, el de los 39 años dio su nombre completo, la dirección de su casa, el nombre de la empresa en que trabaja y repasó la lista de conocidos influyentes que tiene para rematar con un contundente y sobrado: “lo que se les ofrezca”.

Uno de los tres soldados recién llegados se quedó para sustituir al de El Mante. Una vez cumplido el protocolario cambio de fornitura, el nuevo soldado hizo su rondín, aunque sin saludar. Como si se tratara de un adolescente con ánimos de conversar por primera vez con la chica que le gusta, se acercó poco a poco al sujeto de los 39 años. Conversaron amistosamente y el soldado aceptó una botella con agua y unos gansitos, que sostuvo en sus manos mientras escuchaba frases como “yo sé que a ustedes les pagan muy mal”, “los traen de muy lejos para que trabajen en donde no conocen”, “pero ustedes también tienen que aprender a respetar”, “están muy jóvenes para la responsabilidad que les dan”.

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Meme de una fallida campaña empresarial. Tomado de Internet

Después, el soldado se fue a un rincón a, disimuladamente, comer su gansito y a beber su agua. El resto de la noche, la única persona que pudo fumar en el área sin ser molestada fue el hombre de los 39 años. Cuando la guardia concluyó, el soldado se fue no sin antes despedirse de mano, de quien le había regalado un gansito.

A las cuatro de la mañana, me llamaron para entrar a la sala de urgencias.

29 de junio de 2020

 

[1] En Monterrey, es uno de los periodistas televisivos con más antigüedad y prestigio local. (N. del E.)

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