Sí es una revolución / Por Lylia Palacios

Con todo mi amor y respeto para mis compañeras feministas Maricruz Flores, María Belmonte y María Zebadúa

Hace apenas dos años que en esta ciudad pasamos con contundencia dialéctica de los cambios cuantitativos a cualitativos: las mujeres dejaron de pensarse aisladas y pasaron colectivamente a decir ¡Basta!

Ese 8 de marzo de 2019, por primera vez en la historia local la marcha sumó a más de 3 mil mujeres, jóvenes en su mayoría. En esta ciudad conservadora, donde el patriarcado empresarial se impuso y se autodenominó protagonista del progreso, las figuras de industriosos hombres y sus damas de sociedad caritativas, sirvieron de ejemplo del lugar “apropiado” para los hombres y las mujeres. Y así llegamos, en jaula de alambre o de oro, a los niveles más altos de acoso, de discriminación, de feminicidios. El “estado del progreso” es el estado más conservador y patriarcal. La larga lucha de las mujeres por sus derechos, a contracorriente y a cuenta gotas, se transformó en arroyo creciente de voces y acciones. En 2019 algo cambió, pero no sabíamos qué tanto.

8 de marzo de 2019 en Monterrey. Foto de Alejandra de la Fuente

8 de marzo de 2020, más de 20 mil mujeres, jóvenes en su mayoría, tomaron Monterrey. No hay vuelta atrás. En un año, lo que parecía insuperable se desbordó. Las mujeres, esa clase social universal hermanada por su lucha contra el milenario patriarcado, tomaron su lugar en la historia a construir.

8 de marzo de 2020 en Monterrey

Y sí, llegó el coronavirus y el confinamiento. Se impuso el “estado de excepción” analizado y divulgado por Agamben, todo se volvió más virtual, más aislado, más atemorizado. El miedo al contacto humano, qué mejor antídoto contra toda naciente rebelión, contra esa subversiva idea de que el pueblo unido jamás será vencido. ¡Y cómo no iban a aprovechar! Si habían tardado décadas en someter o destruir organizaciones gremiales y sindicales, en desarticular la movilización estudiantil, en marginar y violentar toda lucha campesina o indígena. En la lucha de clases se levantaba victoriosa la clase que acumula el capital con sus gerentes llamados gobernantes. Mientras las mujeres, en tanto mujeres, seguíamos siendo violentadas en todos los espacios públicos y privados: familiar, económico-laboral, escolar, afectivo-sexual, político, religioso, etc. Y el cántaro se llenó.

Así, en la medida que más mujeres trabajan asalariadamente o emprenden, que incrementan su escolaridad, que despliegan creatividad artística, que exigen respeto y demandan derechos; el patriarcado latiguea y daña, corrompe, secuestra, prostituye, desaparece, mata. Es la vida contra la muerte.

En esta encrucijada las mujeres no claudicaron, todo lo contrario. En medio de la parálisis socioeconómica impuesta frente al coronavirus y su cauda de despidos laborales, de agobiante home office, de incremento de violencia intrafamiliar, de inútil educación a distancia, de acoso a defensoras de derechos humanos, de cerrazón gubernamental contra los derechos reproductivos, de desapariciones, de feminicidios; la creatividad para estar juntas, para aprender y compartir se multiplicó de forma prodigiosa en el mundo entero. Son innumerables los espacios virtuales creados en el año de la pandemia: compartencias, convocatorias, tutoriales, conversas, oficios, trueques, reflexiones, música, literatura…denuncias, denuncias y más denuncias. Será que las mujeres, como aquella clase proletaria, ¿no tenemos que perder más que nuestras cadenas?

En menos de dos días las mujeres de la Ciudad de México transformaron una barda siniestra en presencia y denuncia

Así parece ser. Y este 8 de marzo del 2021 que amaneció temprano en Monterrey con la marcha de este domingo 7, vino a confirmar todas las sospechas: las mujeres comenzaron su caminar. Lo he dicho y lo repito, haciendo eco de lo que seguro piensan muchas  mujeres activistas de mi generación y otras mayores: qué chingón se siente ver calles y plazas repletas de mujeres jóvenes marchando alegres gritando consignas: “primero las mujeres, luego las paredes”, “verga violadora a la licuadora”, “aborto sí, aborto no, eso lo decido yo”, “ni una menos”,me cuidan mis amigas, no la policía”, “hay que abortar, hay que abortar este sistema patriarcal”, somos manada, somos legiones, somos clase.     

Contra la violencia política y la indiferencia. Foto de Luz V. Gallegos

La marcha fue contundentemente joven, un contingente veinteañero. No obstante la notoria ausencia por el confinamiento y la sobrevivencia de muchas mujeres que durante décadas persistieron en visibilizar la lucha feminista, sus huellas allí estuvieron, sobre ellas caminaron miles de muchachas. El camino será largo, evidentemente difícil y muchas veces cruel. Las definiciones irán surgiendo, se irán tejiendo las alternativas entre muchas voces, entre muchas escuchas. Hoy la movilización de las mujeres se mantiene en la defensiva, sigue atravesada por el dolor de la desaparición y de la muerte, por la rabia ante el acoso, de la inseguridad, la violación y la impunidad. Estas jóvenes no sólo cargan sus dolores y rabias, también llevan en sus espaldas las vejaciones e injusticias sufridas por todas sus ancestras. Será una fase dolorosa y catártica (como hoy lo fueron los testimonios de violación que varias mujeres expusieron en el mitin al término de la marcha).

Escuchando testimonios de mujeres violentadas y retumbar: “No estás sola”. Foto de Libertad Chavez-Rodriguez

Es una revolución, sí. El mundo así lo expresa. Vivimos una crisis multidimensional que abarca nuestras formas de vivir, de trabajar, de gobernar, de relacionarnos entre humanos y con la naturaleza. Huelga insistir, no es cosa de mujeres contra hombres, a eso nos quiso encajonar el poder para tener argumentos contra nuestra lucha. Vamos por la vida, hoy nos une la defensa contra los latigazos del decrépito patriarcado, pero no estamos solas, en otras latitudes otras mujeres además de enfrentar la violencia ya van tejiendo alternativas societales: desde las que se construyen desde la Chiapas zapatista a la Patagonia guaraní, en la sororidad de las mujeres indígenas y no indígenas reivindicando el Abya Yala; la admirable lucha de las mujeres kurdas y su aportación de la Jineolojî o “ciencia de las mujeres“; las colectivas que desde la economía feminista no bajan la bandera contra la explotación del trabajo de las mujeres; y cuenta todo, hoy no hay lucha pequeña, ninguna lucha ya quedará aislada. Falta mucho, pero falta menos.

8 de marzo de 2021

Foto de portada de Anne Fouquet

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