No lo saben, pero lo hacen… / por Benjamín Palacios Hernández*

                                                          

… el sufragio universal ha encontrado aposentadas élites tan amplias, tan fluidas y tan adaptadas a la vida del país, que esas élites, con ayuda del sufragio uninominal sin ballotage, han absorbido y orientado el sufragio, en vez de que el sufragio pudiera derribar las élites”. 

Giuseppe Maranini, Miti e realtá dellademocrazia

1. El ejercicio de la política, y la política misma, tienen como suelo la contradicción, un constante conflicto intrínseco que se abre en un amplio abanico bajo la forma de disyuntivas, opciones, decisiones y dudas.

Se puede actuar políticamente para conservar o para renovar, si bien no siempre el objetivo conseguido se deriva de los propósitos. Es común que lo que se consigue sea lo contrario de lo que se perseguía, e incluso que no se sea lo que se cree ser ni se haga lo que se cree hacer.

Existe también la contradicción entre lo que se piensa y lo que se dice y entre lo que se dice y lo que se hace, doble “conflicto” que ha alcanzado el rango de anecdotario entre los políticos de todas las épocas.

2. Todo proceso político es concreto. Sin embargo cualquiera de ellos se mueve sobre un conflicto siempre presente: el conflicto socioeconómico entre la individual pretensión privilegiada de dominio, de propiedad, de poder de decisión y de saber, y los contenidos de una sociedad fundada en la producción colectiva y sostenida, impulsada y mantenida en movimiento por las exigencias y las necesidades de mayorías no privilegiadas.[1]

Viñeta de Ferran Martín

3. Pero el conflicto no solo es externo; la actividad política se enfrenta a una sociedad invertida en la cual incluso las apariencias cobran un peso aun mayor que las realidades, una sociedad en la cual lo que parece ser con demasiada frecuencia es más fuerte que lo que es.

Estas apariencias efectivamente son construidas, a menudo no conscientemente sino en la cauda de una omnipresente y a la vez invisible inercia de lo social. Pero construidas deliberadamente o no, ellas cobran realidad porque otros las creen y las aceptan como auténticas.

«Si decimos que el rey o incluso el presidente representan la unidad nacional o la soberanía popular es posible que […] eso nos provoque risa, pues se sabe que, desde ese punto de vista, no representan nada. Pero ¿cuántos lo saben? […] Lo cual no obsta, empero, para que todo funcione objetivamente como si los susodichos representaran realmente algo. Lo mismo puede decirse del “alma” del cristiano: escapa a los sentidos y, sin embargo, millones de hombres se mueven como si se tratase de una presencia real. Este “como si” […] es, en este caso, un hecho social objetivo y real.»[2]

Y unos y otros, constructores semiconscientes o inconscientes, actores y creyentes, se mueven de ese modo en una realidad artificial que, por ese mismo hecho, se transforma en una realidad real para todos los efectos. No lo saben, pero lo hacen.[3]

4. En este marco decididamente delirante se desenvuelve el conflicto interno. Para los ejecutores y practicantes de una política organizada que se pretende democrática, la contradicción nace de las raíces mismas. Dejando de lado la profunda diferencia, regularmente oculta, entre lo democrático y lo liberal, y asimismo la multivocidad y las realidades varias de la democracia, no solo los demócratas o socialdemócratas, sino incluso los que se pretendían revolucionarios, se han movido siempre sobre el pre-supuesto de la división entre dirigentes y dirigidos (división que, al llegar al poder estatal, se convierte en su par gobernantes-gobernados). División interna que encuentra su símil correspondiente externo: propietarios-no propietarios. Poseedores y desposeídos a los cuales, en un vano intento por anular el conflicto, se pretende uniformar e igualar con la categoría de “ciudadanos”.

5. De este modo la política no solo se mueve en el reino de las apariencias: ella misma ha pasado a formar parte de ese reino aparencial. En las democracias llamadas maduras, las de vieja data, y con razón mayor en las democracias entrecomilladas, la propia vida parlamentaria y la división de poderes es un escenario de simulaciones: el poder judicial simula ser el garante de la legalidad y la justicia, el presidente y el aparato central de gobierno pretenden encarnar el espíritu de la república y el congreso aduce ser el representante del pueblo; todo ello en un fenómeno a la vez evidente y oculto de lo que Kelsen llamaba la ficción de la representación.

6. Alguna corriente de pensamiento concibió al parlamento como un sistema de diques; no contra los otros poderes ni contra las corporaciones económicas, sino contra el pueblo al que dice representar. Aquella ficción de la representación no significa entonces, en modo alguno, la ausencia de toda representación. El parlamento, igual que antes, sigue representando, pero no al pueblo sino a los titulares de los poderes estatal y privado.

7. En este conglomerado de contradicciones, apariencias y ficciones es que “los partidos” han de moverse. Y, como se sabe, el movimiento puede ser a favor de la corriente o en contra de ella. Para los que asumen la primera opción no se plantea ningún problema, puesto que se encuentran entre los beneficiarios-usufructuarios de aquel conglomerado.

Quienes apuestan por otro orden de cosas, por las modificaciones y el reencauzamiento, por “liberar y reformar”, se enfrentan primero a la necesidad de re-conocer la complejidad de este entramado de ilusiones sociales y apariencias políticas. De suyo se comprende que, para salir de un laberinto, es requisito elemental ser consciente de que te encuentras en un laberinto y no en un camino real que transcurre por terreno abierto.

8. Hoy resulta imposible deducir la adscripción ideológica de un político mexicano a partir de su conducta individual y de su desempeño como “servidor público”; de ninguna otra manera, sin esa identidad esencial, podría comprenderse el libérrimo, fluido y frecuente transvase de individuos de un partido a otro. Debería  estar de más decir que este fenómeno no indica una cierta madurez democrática del sistema y de sus integrantes, sino únicamente una ósmosis movida por el interés individual, permitida precisamente por la fundamental identidad entre los “partidos” y facilitada por unas relajadísimas normas éticas según las cuales la fisonomía y la congruencia políticas están por debajo del interés electoral.

Publicidad del periódico británico The Times

9. Las burocracias partidarias de cualquier signo ideológico han demostrado ser infrangibles; los mecanismos y las reglas del juego interno se encargan de ello. La libertad de opinión de sus miembros puede estar más o menos a salvo, pero las decisiones se toman siempre en otro lugar. Añádase a esto la sumisión resignada —y en algunos casos incluso entusiasta— de la masa, su contumaz aceptación acrítica del dirigente, la manipulación de los ingenuos, la conversión en clientela de los necesitados y la cooptación o la exclusión de los renuentes, y se tendrá un círculo perfecto, paradójicamente porque excluye los medios internos de su modificación y perfeccionamiento. Y lo que vale para los aparatos partidarios se reproduce también, ampliado, en el funcionamiento de los aparatos estatales y en sus relaciones con los gobernados.

(En cuanto al específico e inédito panorama político actual es necesario añadir, entre los anteriores ítems y literalmente entre paréntesis, la asombrosa y en algunos casos patética conversión de sujetos políticos con largos años de trayectoria entre cierta izquierda partidaria y/o académica, e incluso de no pocos ex guerrilleros, todos ellos —excluidos naturalmente los que simulan convertirse impulsados por el interés— al parecer ansiosos por creer en “transformaciones” que no son más que eslóganes, abdicar de cualquier espíritu crítico, transitar de cuestionarlo todo a justificarlo todo y aceptar que un presidente inculto, mitómano, evangélico, trumpista y demagogo les dicte la agenda, les imponga su grosera e interesada visión en blanco y negro —increíblemente sustentado en un elemental discurso compuesto por cuatro o cinco frases repetidas hasta la náusea— y les murmure al oído las “respuestas” ante cualquier cuestionamiento. Y toda esta penosa transfiguración tan solo para poder de ese modo alimentar, aquellos, la ilusión de que sus años no han sido inútiles.

No logro concebir otra motivación, pues la mayoría de los que conozco no serán genios pero tampoco son tontos. Después de todo la lógica de la fe —como el Logos cristiano— es inasible e inescrutable. Y el atavismo de una enorme porción de la izquierda, ese que les compele a necesitar constantemente de un guía, de alguien que les indique lo que han de hacer y lo que deben pensar —así se trate en este caso de alguien con la lamentable catadura que he esbozado—, según todos los indicios es indestructible. Qué pena).

10. El camino —hasta ahora utópico según todos los registros históricos— para crecer y ganar espacios transita por la hegemonía, y esta solo se consigue cosechando el consenso. Hegemonía como contrario de la autoridad impuesta; consenso como el opuesto de la anuencia obligada de la clientela y de la fe fabricada, a partes iguales, por la falta de luces y por la demagogia.

Existe efectivamente un camino mucho más corto y con gran diferencia el más recorrido: convertirse en lo que antes se combatía o criticaba, sin modificar el efecto de dominio sino simplemente sustituyendo a quienes antes lo usufructuaban. Para ello ha servido, en la inmensa mayoría de los casos históricamente documentables, la silvestre noción de la democracia como simple asunto de votantes y votados; una noción definitivamente escolar según la cual la apoteosis de la democracia se concentra en el voto; un voto que, de ser un derecho perseguido y ganado, imperceptiblemente mutó —por obra y gracia de la influencia de aquel reino de las apariencias, que logró colar ese truco de mago incluso en los intersticios de la conciencia de aquellos que creen oponerse al establishment— en obligación cuasi moral.

Quino

11. El sufragio, entonces —que en los orígenes de la leyenda democrática era el medio a través del cual el elector se erigía en ciudadano que delegaba el poder en un cuerpo representativo funcional—, se escindió de su objeto al separarse la masa de los electores de un aparato estable e independizado que se representa a sí mismo y a la estructura político-orgánica; que no solo no representa, sino que enfrenta, ignora y daña a lo que se supone es su fuente de origen y de poder.

Estamos, a todas luces, ante una jugada maestra: la absorción —mediante la cesión de una parte del goce y el usufructo— de los partidos “auténticamente democráticos” y la domesticación —a niveles tan profundos como los de la conciencia política— de aquellos que ven en el voto (laico) una obligación (religiosa). De ese modo, al mutar de instrumento político en mandato moral, transforma en irrelevante la catadura ética, la trayectoria documentada y el nivel de congruencia de aquel —partido o candidato— por el cual se vota.

No existe círculo vicioso más perfecto que aquel en el cual los adversos se convierten en sustento.

2 de noviembre de 2020

* Historiador por la UANL e integrante en su momento de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Su libro más reciente: El universo intelectual en el entorno de las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier (2018).


[1] Véase Johannes Agnoli y Peter Brückner, La transformación de la democracia, México, Siglo XXI Editores, 1971, p. 5.

[2] Lucio Colletti, La dialéctica de la materia en Hegel y el materialismo dialéctico, México, Editorial Grijalbo, 1977, p. 330.

[3] Con las obvias salvedades, se trata del mismo fenómeno que Marx devela en El capital (de él he tomado la frase, para mí de fundamental importancia analítica desde mis carcelarios años mozos): “[…] el que los hombres relacionen entre sí como valores los productos de su trabajo no se debe al hecho de que tales cosas cuenten para ellos como meras envolturas materiales de trabajo homogéneamente humano. A la inversa. Al equiparar entre sí en el cambio como valores sus productos heterogéneos, equiparan recíprocamente sus diversos trabajos como trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen. El valor, en consecuencia, no lleva escrito en la frente lo que es. Por el contrario, transforma a todo producto del trabajo en un jeroglífico social”. El capital, tomo I, libro primero, México, Siglo XXI Editores, 1985, pp. 90-91.

Ilustación de portada tomada de Internet

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