La flor de cempasúchil y la disputa por la ciencia en México/ por Eleocadio Martínez Silva

Desde el inicio del actual sexenio un sector de la comunidad científica ubicado en los 26 Centros de Investigación Conacyt se confrontó con la administración de la cuarta transformación en torno a la política científica. Tal confrontación no es una particularidad en el actual sexenio. Lo que ha cambiado son los actores en uno y otro bando, pero la contienda es la misma: el histórico bajo presupuesto destinado al campo científico-tecnológico y la agenda de investigación.

La experiencia internacional muestra que para detonar el desarrollo en Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI) y con ello el desarrollo económico se requiere que la inversión sea superior o igual a 1% del Producto Interno Bruto (PIB). Desde hace décadas los gobiernos en turno asumieron una actitud dependiente y derrotista renunciando a dedicarle importantes recursos al fomento de la ciencia y tecnología.

En la administración de Peña Nieto la inversión en investigación científica y desarrollo experimental alcanzó 0.5% del PIB, representando el nivel más bajo entre los países miembros de la OCDE, e incluso fue menor al promedio latinoamericano (Plan Nacional de Desarrollo, 2013-2018). En la actual administración federal el dinero total para la CTI pasó de 91,390 millones de pesos en 2019 a 98,317 millones de pesos en el año 2020. Aunque esto representa la cifra más alta de inversión en la historia reciente, equivale solamente el 0.38% del PIB. Del total de la partida presupuestal destinada al mencionado rubro 31% se asignó al Conacyt (Segundo informe de Gobierno, 2020).

En México como en América Latina: pobre inversión en ciencia y tecnología. Protesta en Colombia

Con este histórico presupuesto raquítico se entiende el malestar de la comunidad científica, más si se toma en cuenta que desde hace años se abren muy pocas plazas a nuevos investigadores. Por ejemplo, en el sexenio de Vicente Fox (2000-2006) no se abrió una sola plaza en los centros de investigación Conacyt.

Lo que se está debatiendo es si el gobierno de la cuarta transformación sigue el mismo camino dependiente de los sexenios neoliberales que renunciaron a dedicarle el 1% del PIB al fomento de la ciencia y la tecnología. El inicio del sexenio fue esperanzador pues la administración prometió llegar progresivamente a invertir el 1% del PIB en CTI hacia finales del sexenio, para ello se reformó el artículo 9 de la Ley General de Ciencia, para  asegurar la no disminución del presupuesto. La crisis económica causada por la pandemia del coronavirus vuelve casi imposible cumplir la meta.

Otro factor de conflicto entre la comunidad científica y los gobiernos en turno se presentó en la agenda científica. Durante el periodo neoliberal la crítica de los científicos se centró en la mercantilización de la ciencia, en lo que se considera una exacerbada vinculación de los programas de ciencia y tecnología con el sector privado y el desinterés en alentar la investigación científica al servicio de los problemas sociales. María Elena Álvarez-Buylla, actual directora del Conacyt, confirmó que la anterior administración transfirió directamente 35 mil millones de pesos a empresas privadas.

Ciencia y compromiso social. Marcha en la Ciudad de México

En tanto, la crítica hacia la actual dirección de Conacyt se  dirige a lo que se considera la ideologización de la ciencia mexicana, al proponerse frenar la lógica neoliberal en el ámbito científico y tecnológico, lo que significa orientar un diálogo horizontal de saberes con el conocimiento autóctono, la ciencia campesina milenaria de México, las formas ancestrales de producción, de saberes y memorias (Plan de Reestructuración Estratégica del Conacyt para Adecuarse al Proyecto Alternativo de Nación).

Lo estruendoso del actual conflicto, potenciado por los medios de comunicación, ha ensombrecido el tema central: el papel de la ciencia y la tecnología en el desarrollo del país. La actual contienda debe llevar a los diferentes actores  a reflexiones profundas acerca de nuestro eterno subdesarrollo. Que como apunta Sergio Zermeño (2010: 66), en un país des-industrializado como el nuestro se vuelven borrosos el sentido y la utilidad en las inversiones en muchos terrenos de la ciencia y la tecnología. ¿En dónde somos competitivos?, ¿qué patentes producimos? y si las producimos, ¿cuál es el sentido de esas patentes si sabemos de antemano que estarán destinadas a fugarse en caso de que muestren alguna utilidad?

El derrotismo de los gobiernos neoliberales frente al fomento a la ciencia y tecnología se expresa en múltiples casos. Por ejemplo, el desinterés por generar una industria global tomando como base las propiedades de la flor de cempasúchil. México no tiene participación en la misma, a pesar de que el territorio es considerado como el centro de origen de la planta. La producción masiva se ha concentrado en Asia principalmente por el crecimiento sostenido de la industria de los carotenoides, un pigmento natural que abunda en esta flor y que hoy se utiliza en toda la industria agroalimentaria.

En las décadas de 1980 y 1990, México realizó intentos para desarrollar la industrialización de la flor de cempasúchil, llegando a ser líder en la producción del pigmento. Una de las empresas que sembraba cempasúchil para la extracción de carotenoides, la mexicana Bioquimex, fue adquirida por una empresa de la India y al poco tiempo cerró su planta en México.

Esperemos que la actual contienda lleve a los diferentes actores a la autocrítica de sus prácticas: al gobierno, rompiendo de manera clara con la inercia dependiente y derrotista en la ciencia y tecnología a la que nos llevaron los gobiernos neoliberales (se está intentando en el sector energético) y poder dar así un salto tecnológico tomando como ejemplo a los países del sureste asiático, que en relativamente pocos años lograron aprender el arte de la manufactura (Corea invierte el 4% del PIB en CTI); a la comunidad científica, revisando sus prácticas inmersas en las fronteras del saber y de la técnica que no guardan ninguna relación con las necesidades sociales de nuestro entorno; al sector empresarial entendiendo que su participación en el financiamiento en ciencia y tecnología es central para el progreso nacional (en Corea 70 % de la inversión en CTI es privada, frente a 30% en México).

Marcha en defensa del quehacer científico. Ciudad de México.

Ojalá que los debates se centren  sobre nuestro eterno subdesarrollo y no en la lógica de quién debería de obtener qué: ¿los médicos? ¿los maestros? ¿los científicos? ¿los policías? ¿los militares? De lo contrario, la comunidad científica quedará como un grupo que solamente busca mejorar su situación relativa dentro del marco de los juegos restringidos de poder de las élites mexicanas (Brachet dixit).

26 de octubre de 2020

** Fotos tomadas de Internet

Referencias

-Segundo informe de Gobierno, 2020, Recuperado en: https://framework-gb.cdn.gob.mx/informe/Segundo-Informe-2019-2020.pdf

-Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018, en Diario Oficial de la Federación, núm. 13 (segunda sección), tomo DCCXVI, Secretaría de Gobernación, México, D.F., 20 de mayo de 2013

-Plan de Reestructuración Estratégica del Conacyt para Adecuarse al Proyecto Alternativo de Nación (2018-2024), Recuperado en: http://www.smcf.org.mx/avisos/2018/plan-conacyt-ciencia-comprometida-con-la-sociedad.pdf

-Zermeño, Sergio (2010), Reconstruir a México en el siglo XXI, México, Océano.

Un comentario

  1. Me parece bien el enfoque. No hay un solo “ modelo” de ciencia o conocimiento. Habría que redefinir la agenda nacional de R and D; a partir de los problemas de México

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