Tan cerca y tan lejos / por Lylia Palacios

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Desde hace algunos años el INEGI publica información sobre el trabajo no remunerado en los hogares, el emitido en 2016 con datos de 2014 es muy buen documento. El que contiene los datos de 2016, muestra que este fenómeno del trabajo remunerado crece conforme crece la participación asalariada de las mujeres en la economía nacional:

Más del 44% de las personas ocupadas registradas en la economía nacional, son mujeres. Cada vez participamos más en la industria de la construcción, la manufactura, en el transporte, pero el mayor porcentaje de fuerza de trabajo femenina se concentra en el comercio y servicios: todo esto aderezado con que son empleos mal pagados, escasos de seguridad social, es decir, empleos precarios y en ambientes de vulnerabilidad laboral. Cosa sabida, ¿verdad?

Además de lo anterior es muy interesante el ejercicio que hizo el INEGI para tazar el valor del trabajo no remunerado que hacemos las mujeres, principalmente labores domésticas y cuidados. Los datos están calculados en el 2016.

La numeralia, partiendo de que las mujeres por estas actividades no remuneradas tenemos más horas de trabajo total que los hombres: El valor del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados es de 4,663,948 millones de pesos. Si se considera como contribución al producto interno bruto (PIB) nacional representaría 23.2% del total, por encima de lo que individualmente aporta la manufactura, el comercio o los servicios educativos. Este 23.2% se distribuye porcentualmente en las siguientes tareas no pagadas: Alimentación (4.5%), Limpieza y mantenimiento de la vivienda (4.4), Limpieza y cuidado de la ropa y calzado (1.7%), Compras y administración del hogar (2.7%), Cuidados y apoyo (7.5%), Ayuda a otros hogares y trabajo voluntario (2.5). Pero nuestra contribución se queda en el papel de los economistas del INEGI, pues las mujeres no vemos un cinco. En síntesis: trabajamos más que los hombres y no nos pagan. ¡¡Cosa sabida!!

Apenas hace unos meses que se desató la “revolución” principalmente en redes sociales contra el acoso a las mujeres, y ya se dijeron tantas cosas que parece, tristemente, una noticia vieja. El remolino que levantó dio para todo (como toda irrupción que desborda los límites socialmente aceptados): denuncias de todo tipo, hasta “exageraciones”, contraataques conservadores (tanto de voces masculinas y muchas femeninas). Poco a poco, este remolino de denuncia, estupor, cuestionamiento, rabia, arrebato, va siendo sosegado entre discusiones menores (que si las gringas o las francesas), pero principalmente por el silencio de los grupos en el poder.

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El poder sabe esperar. Tiene siglos de enfrentar a los subalternos que de repente se sublevan, si pasa a mayores los somete, los reprime, si no, aguanta, a que los huelguistas se queden sin fondo de resistencia y doblen las manos, a que los indígenas se extingan en la invisibilidad urbana, a que los estudiantes se cansen y “maduren”, a que las mujeres ratifiquemos que “las cosas son así”. Sus mejores armas  (aparte de las balas) han sido esas: el silencio cuando debiera haber respuesta, cruzarse de brazos y esperar a que pase la “contingencia”.

Y va mejorando sus mecanismos de resistencia. Ahora, que nos inunda la información a través de las llamadas redes sociales (créanme que el nombrecito no termina por convencerme), la sociedad digitalizada se vuelve adicta a la noticia espectacular, de consumo rápido y digerible (si es imagen, sin mucho que leer, mejor), el tiempo de importancia de la noticia se atomiza, se esfuma ante la ingente cantidad de información. ¿A quién le importa lo que pasó antier?

Discernir entre los sucesos inmediatos y los perdurables es tarea nuestra. Evitar que la estulticia defina la importancia de lo que sucede, nos concierne. La reflexión por encima de la frivolidad, es cosa nuestra.  Pues:

  1. Históricamente el capitalismo pudo resolver a su favor la negociación del valor de la fuerza de trabajo asalariada, al dejar fuera de la economía y remitir al ámbito de la moral, de la familia, de la relación de género (a la hegemonía cultural, pues) todo el valor económico que representa el trabajo doméstico y de cuidados.
  2. Cualquier exabrupto, canallada, frivolidad que se atraviese entre las denuncias de las mujeres acosadas centenariamente, no puede desviar la realidad persistente del patriarcado y sus prácticas. Al respecto, como académica universitaria, seguiré demandado de las autoridades de la Universidad Autónoma de Nuevo León se honre la historia de la institución y se abandone el silencio cómplice frente a la existencia de acoso entre estudiantes y trabajadoras.

No sumarnos al silencio, ni desviar la mirada, significa ver el mundo más allá de las pantallas del celular, que nos mantiene tan cerca de la información pero tan lejos de la realidad cotidiana de los que viven las miserias de este país. Significa no dar por cosa sabida que las mujeres han sostenido con su trabajo no remunerado la explotación asalariada y la acumulación capitalista. Significa dimensionar que en este país diariamente mujeres indígenas, urbanas, activistas, trabajadoras, niñas, siguen siendo violentadas por el hecho de ser mujeres. En Estados Unidos las mujeres ya comenzaron a calentar los motores con la protesta masiva, crítica y bullanguera contra el primer año de Trump… de aquí al 8 de marzo, vayámonos sumando.

22 de enero de 2018

 

 

 

 

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