Nada nuevo bajo el Sol. La política como tragicomedia / Por Benjamín Palacios Hernández*

Pero tanto en las edades precedentes como en la nuestra (…), todos los que tuvieron en su mano el poder se ocuparon más de su interés personal que del interés público; y no encontraban un poderoso freno en una opinión ilustrada.                                                                      Jeremy Bentham

No verán los nietos sino lo que vieron los abuelos, decía Manilio, y según Lucrecio siempre giramos en el círculo que nos rodea. Es la idea que en el Eclesiastés bíblico se plantea como nihil sub sole novi (o nihil novi sub sole, o sub sole nihil novi, o nihil novum sub sole, que sobre esto no hay acuerdo entre los doctos). La popularidad del aserto, por supuesto, no equivale a su certeza absoluta, si bien existen siempre acontecimientos y construcciones societales que constatan la persistencia en gran medida inmodificada de situaciones de hecho, comportamientos, verdades adquiridas, valoraciones morales y pautas elementales de razonamiento.

En 1824 Bentham publicó en Londres The Book of Fallacies, reeditado en 1952 como Bentham’s Handbook of Political Fallacies aunque ya en el mismo primer año una edición en castellano lo publicaba en París como Tratado de los sofismas políticos. Se trata de uno de esos libros cuyo título indica sin lugar a dudas y sin eufemismos lo que se encontrará en el contenido: un “tratado sobre las estratagemas de los fulleros” políticos, un recuento organizado de la forma de operar de un estrato institucional que casi doscientos años después continúa gozando de excelente salud: sus verdades a medias, sus tácticas dilatorias o confusionistas, su apelación al prejuicio, sus argumentaciones circulares y, en fin, su discurso hueco, falso, carente de sustancia pero con objetivos muy precisos.

Bentham no se engañaba respecto a la solidez casi inamovible de esta vertiente trágica de la comedia humana. “Sería ya mucho —apuntaba— el que se llegara a vilipendiar algunos sofismas hasta el punto de que ya no osaran mostrarse o que, al mostrarse, no produjeran otros sentimientos que los de la indignación o el ridículo”. Cauto, preveía un plazo de “un siglo o dos” para que llegase el tiempo en el cual algún orador, creyendo equivocar e ilusionar a su audiencia, se encontraría “con veinte voces [que] se elevarán de concierto, no para refutarlo en forma aburrida, sino para enviarlo a la escuela o al teatro”.

La cautela de Bentham iba aún más allá. “Un tratado sobre las estratagemas de los fulleros puede contribuir al refinamiento del arte que se trata de destruir”, y esos sofistas sempiternos podrían estudiar su tratado “como un libro de retórica para aprender a manejar las armas de su Estado”. Pero a este respecto Bentham podría haber dormido tranquilo. El sofisma pervivió y se consolidó como característica definitoria de “los políticos” —muchos de ellos iletrados— sin necesidad de que estudiasen en los libros: lo aprendían y lo siguen aprendiendo “en la escuela de la vida”, en la cortesanía y el arribismo de la carrera política.

Del espectáculo a gobernantes. Foto tomada de Internet

La obsecuencia hacia los de arriba y la indiferencia hacia los de abajo, lo mismo que los discursos compuestos de frases hechas lindantes con la cursilería, buenas para toda ocasión y repetidas hasta la náusea, parecen haberse incorporado al código genético de este género en cualquiera de sus especies: diputados, senadores, gobernadores, presidentes, funcionarios de partido y quienes aspiran a ser una cosa o la otra, y ello con absoluta independencia del disfraz ideológico que adopten.

Un somero y parcial recuento de la prolija clasificación hecha por Bentham la hace inmediatamente reconocible y familiar a la mirada contemporánea. Entre error y sofisma, dice aquel estableciendo sus bases, existe una diferencia: el primero designa una opinión falsa mientras que el segundo, encarnando también en una opinión falsa, hace de ella un medio para obtener un fin. Es entonces, más que un error, un instrumento de error.

De ese modo el sofisma supone en quien lo emplea una falta de sinceridad, y en quien se lo traga una falta de inteligencia. Precisamente en atención al determinado fin que con el sofisma el sofista pretende conseguir, Bentham los divide (téngase en cuenta que el autor habla de los sofismas políticos) en aquellos cuyo propósito es eliminar una cuestión sin examinarla, aquellos otros que intentan diferirla para ganar tiempo, y unos terceros encaminados a difuminarla tras cortinas de humo cuando es imposible para ellos no tratarla.

Tenemos también el sofisma del panegirista de sí mismo, bajo el cual Bentham agrupa las pretensiones de quienes reclaman deferencia para sus opiniones y confianza en su conducta, en razón tan sólo de la valoración que ellos tienen de sus propias personas. “Sus asertos son pruebas y sus virtudes son garantías”, y sustentados en la opinión que de sí mismos mantienen, oponen a las objeciones “el panegírico de su probidad, de su desinterés, de su entrega al bien público”.

Personaje de Asterix. Imagen tomada de Internet

Con el “sofisma que protege a los prevaricadores oficiales”, el autor designa la recurrente costumbre de considerar toda censura de los funcionarios individuales y toda denuncia de los abusos como un ataque dirigido contra el gobierno mismo. Si esa costumbre se convierte en ley establecida los abusos lo serán también, de modo que “la impunidad será para el que hace el mal, y la pena para el que lo revela”.

Según las normas éticas elementales “está mal que un miembro de la oposición combata una medida ministerial que le parezca buena, o sostenga una medida de su propio partido que le parezca mala”. Sin embargo eso que se llama “fidelidad al partido” (o al presidente en su caso) se convierte en virtud, de modo tal que un individuo no es juzgado ya por su conducta, por su sinceridad, por la independencia de su opinión sino precisamente por aquella fidelidad. “La indiferencia acerca de los medios, la dependencia en las opiniones, el hábito de hablar contra lo que se piensa, el empleo constante del sofisma” son, entonces, los que definen al hombre y a la mujer  “de partido”.

La conclusión de Bentham, más por venir de quien viene, es apabullante. En una formulación casi kelseniana indica que “los miembros [de una asamblea deliberante, de un parlamento] se sienten verdaderamente independientes del pueblo; que la mayoría de las elecciones se reducen a vanas formalidades; que las plazas, amovibles en apariencia, no lo son realmente; […] que confieren un poder sin responsabilidad, y por consiguiente sin obligación; y que esos mismos representantes que tan poco tienen que temer por parte de los electores, tienen mucho que esperar por parte del gobierno”.

Es imposible no reconocer estos temas de Bentham, superados y profundizados, en el retrato gris y a la vez multicolor de la realidad mexicana, y por supuesto no solo de ella: la política como teatro universal, el discurso político como actuación, la propuesta programática suplantada por la publicidad y la mercadotecnia, la desfachatez como norma de conducta, la insensibilidad como catecismo moral y el pueblo elector reducido a la función de suelo nutricio y tarima de la forma de vida de “sus representantes”. Es sobre esta base que se vuelve inteligible el trasvase osmótico interpartidario de individuos proteicos, cuyo único signo permanente de identidad es la búsqueda del mexicanísimo hueso y cuyos pecados son lavados apenas traspasan el umbral del partido que antes los llenaba de anatemas.

Cartón de Darío Castillejos, tomado de Internet

Gobiernos y organismos gubernamentales que delatan su calidad ya no pública sino comercial gastando a manos llenas el dinero ajeno en la autopromoción y el autoelogio. La corrupción y la prevaricación convertidas en monedas de curso corriente. El enriquecimiento “inexplicable” aceptado a fuerza de repetición como anecdótico ingrediente del folclore nacional. La relegación de la cultura y la inteligencia a rincones cada vez más reducidos. La consolidada desagregación, en fin, de la política y los políticos como cuerpo independizado de una ciudadanía que solo cuenta temporalmente cuando es convocada a votar.

Las consecuencias de todo ello, que subrepticiamente escapó de la sociedad política e infestó a los órganos de la sociedad civil, nos han explotado en la cara. Un país que genera altas y sostenidas tasas de desempleo y cotas irreducibles de miseria a la vez que a individuos que se encuentran entre los que más millones de dólares poseen en el mundo, y ahora también la insania de individuos —todos los días e indistinguibles en muchos casos de aquellos que se supone debieran combatirlos— que supera ya los horrores que no hace muchos años nos espantaban en otros países. Todo ello, digo, no puede denotar una salud democrática sino una enfermedad ética terminal. Es ya —y aún hay que esperar lo que falta—, más que una crisis institucional y económica, una crisis de humanidad.

Ello no obstante, bien resguardados, la rueda de la política y el circo de los políticos siguen girando, como si en un universo paralelo se encontrasen. Quizá así sea. Y quizá, también, el destino nos haya alcanzado ya.

P. S. El manual de Bentham sobre las falacias, la mendacidad y las fullerías de la mayoría de los políticos de todas las épocas no tiene grietas. Cualquiera, en cualquier país, puede reconocer en ese retrato a los suyos, con el único requisito de poseer un criterio propio y no estar bajo el hechizo de ellos.

The theatrical bubble, James Gillray (1757 – 1815)

Una amiga extranjera a quien le mostré el texto creyó que lo había escrito pensando en el actual gobierno. No dudo de que quienes lo lean ahora pensarán lo mismo, pero no: salvo dos o tres tenues adecuaciones, estas líneas fueron publicadas en marzo de 2012 en la revista digital Replicante con el título “Réquiem por un país”. Ello demuestra la universalidad no mía sino de lo planteado por Bentham, así como su validez en 1824, allá, y su permanencia a través de los siglos, acá, en este 2021.

 Como he dicho, en el panorama actual aquellos temas pueden ser reconocidos e ilustrados sin dificultad alguna, e incluso posee el infausto mérito de añadir algunos aportes propios:

– La demagogia sumamente barata, indisimulada y cotidiana.

– El discurso gubernamental plano y repetitivo pero siempre dentro del marco de un esquema simplista, superficial y monocorde.

– La doble, triple o cuádruple cara, señaladamente en los temas de la corrupción y el de la decisiva cuestión femenina.

– La palabrería coloquial, cursi y huera ofrecida como prueba suficiente e irrefutable de “cercanía con el pueblo”.

 – La ineptitud justificada y vendida a cambio de “la honestidad”.

 – La megalomanía llevada a extremos absurdos e inéditos: un gobierno que pretende ser la encarnación de una nueva etapa histórica nacional y un presidente adicto a las cámaras y los reflectores que se atribuye a sí mismo la calidad de prócer de la patria del siglo XXI.

 – El credo evangélico, conservador e incluso retrógrado, ofertado sin rubor alguno como talante liberal. El desopilante “juarismo” de un tipo que cita pasajes bíblicos y exhibe escapularios mientras aquellos que montaron en cólera cuando Fox tomó posesión, crucifijo en ristre, miran hacia otro lado o de plano aplauden.

– El retorno a un presidencialismo reconcentrado en el que nada se hace ni se dice sin la anuencia del jefe de gobierno o sus órdenes disfrazadas de instrucciones. Pero no solo ello, sino además un escenario demencial y más trágico que cómico en el cual, incluso, el presidente determina a su antojo cual es la realidad que se vive. Y así se afirma que es de día aunque sea medianoche. Y los asesinatos y las masacres, que iban a desaparecer en unos cuantos meses, imponiendo récords día tras día. Y una pandemia —así nos haya colocado como el tercer país con más fallecimientos en el mundo— que según el fabulario gubernamental ha sido domada y vuelta a domar a través, dicen, de una gestión ejemplar. El maravilloso país de Alicia existente únicamente en la boca de los vendedores de “la cuarta transformación”.

 – El “neoliberalismo” convertido en argumento defensivo y coartada buenos para toda ocasión, y su muerte decretada en una fecha precisa como si semejante despropósito fuese posible: el primer día de este sexenio. Un “neoliberalismo”, por lo demás, que continúa vivo y rozagante.

– La indigna obsecuencia de un gobierno —que se dice honesto y valiente y diferente a sus predecesores— ante la intolerancia, la insania, los atropellos y las exigencias trumpistas, ensalzada como meritoria alta política por aquellos que practican, día a día, el servilismo interno y la pleitesía hacia el hombre providencial.

Y en medio de todo esto una masa de maniobra que día a día demuestra su capacidad para comulgar con las más enormes ruedas de molino. El mismo credo quia absurdum en el que incurre, con aun menos justificaciones, una porción de la izquierda que pasó la mayor parte de su vida —diluyéndose y sin producir resultados— enarbolando su fe en “el socialismo” y que ahora se degrada en la ilusión en una estrambótica y fantasiosa “cuarta transformación”. Si la izquierda mexicana tenía décadas con medio cuerpo en la tumba, mucho me temo que con esta grotesca y lastimosa auto exhibición terminará por enterrase ella misma, no tres sino treinta metros bajo el suelo.   

Imperturbable e inmune a corruptelas, crisis económicas, desastre climático, cientos de miles de asesinados y desaparecidos e incluso a una grave pandemia, el teatro universal de la política mexicana continúa abierto y ofreciendo su espectáculo, unas veces como farsa y otras como tragedia. The show must go on

1 de marzo de 2021

*El autor es historiador y colaborador frecuente de VozEs Compartidas.

** La imagen de portada: “The Bench” por William Hogarth, óleo sobre lienzo, 1758. En Wikimedia

3 Comentarios

    1. Pues no sé. ¿La derecha que está en el gobierno (Alfonso Durazo, Gertz Manero, Manuel Espino, los evangélicos del PES, los proteicos del Verde, los herederos de la Gordillo, etc., más los que se van sumando como candidatos para las elecciones próximas), la que está con el gobierno (Salinas Pliego, Emilio Azcárraga, Slim…, es decir, todos aquellos que hasta hace muy poco y para efectos propagandístico-electorales eran “la mafia del poder” y ahora son asesores del impoluto), o la derecha externa? Esta está más muerta que viva, y si acaso llega a resucitar será por las municiones que día a día les proporciona el propio gobierno cuatrotero.

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  1. Muy acertadas palabras. Duras, tristes, pero por demás atinadas. Es la presentacion de un panorama gris que se torna aun mas gris cuando se mira a través del cochambre y la suciedad -la ignorancia y la endémica improvisación-, que empañan el cristal que nos muestra al México de hoy, con tan pocas posibilidades de salir avante.

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