Entre Carl Schmitt y Britney Spears: la pandemia y el pensamiento de excepción / Por Ignacio Irazuzta

“En la excepción, la fuerza de la vida efectiva hace saltar la costra de una mecánica anquilosada en la repetición. (…) si se quiere estudiar correctamente lo general, no hay sino que mirar la excepción real. (…) Ni siquiera sobre lo general se piensa con pasión, sino con una cómoda superficialidad. En cambio, la excepción piensa lo general con enérgica pasión”.

Carl Schmitt, Teología política, Madrid, Trotta, 2009. p.20

Carl Schmitt es convincente: la excepción es a la teoría política lo que el milagro a la teología, dice. Muestra lo que normalmente no se ve; exhibe la estructura de la infraestructura, el hecho del derecho, lo anormal de lo normal. Por tanto, la excepción es buena para ser pensada. Pero una cosa es pensar la excepción como si afectara esta a otros y otra es cuando la excepción nos atraviesa, nos piensa y nos determina, a nosotros tanto como a los otros. Pensar en la excepción no es lo mismo que pensar desde la excepción, cuando esta se vuelve norma y por lo tanto “normal”.

Quienes trabajamos desde ciencias sociales empíricas, como la sociología o la antropología, aún siendo críticos del positivismo, estamos atravesados por una ilusión de mirada soberana sobre aquello que observamos para analizar. Todavía nos llega esa tradición maquiaveliana que mandaba al observador a hacer como los pintores, que van al valle para pintar la montaña y a la montaña para hacer lo propio con el valle. Hoy, con las medidas de confinamiento en vigor y rigor, ya no podemos recorrer esas distancias y acomodar en perspectiva los caballetes para plasmar en el lienzo nuestra visión soberana. Y aún así, desde miradas encerradas, vemos cosas extrañas y no podemos dejar de pensarlas. Tan fuerte es el impulso; tan extraño es lo que vemos que los pensamientos se apiñan y cuando uno pretende comunicarlos salen de esa forma arrebatada, inconexa y hasta contradictoria.

En fin, seguramente lo dicho sea una forma de justificar la falta de oficio en la labor de la escritura, pero me sirve para presentar este texto sobre lo que veo desde la mirada encerrada, compuesta de pantallas (de la tele, de la compu, del teléfono) y de ventanas desde las que se ve el vacío.

Sitúo mi encierro. Estoy en Bilbao. Llegué desde Italia, de Bolonia, en concreto, donde me encontraba desde hacía unos veinte días realizando mi semestre sabático. Huí de allí cuando la universidad cerró sus puertas frente al confinamiento que se avecinaba. Me refugié en Bilbao, donde tengo familia, colegas y amigos, esperando entonces estar a salvo de lo que en Bolonia parecía inminente y, sin embargo, esto está hoy como  Wuhan hace un par de meses. Desde aquí veo lo que puedo ver, lo pienso desde el encierro y desde ahí también lo escribo como me sale:

  • El gobierno como capitán: lo vemos cada mañana por la pantalla de la tele. Un equipo de gobierno designado para la misión y militares de muchas medallas detrás. El gobierno habla de guerra contra un enemigo invisible y de nosotros ciudadanos (¿?) como soldados combatiendo desde nuestra quietud y nuestro encierro. A veces alguno de los militares pasa al frente, y como el que pasa es de la fuerza aérea, cambia de metáfora y dice de nosotros los ciudadanos que debemos comportarnos como pasajeros de un avión obedeciendo los mandatos del capitán que nos transmite la tripulación. Guerras y tempestades. ¿Venceremos? ¿Aterrizaremos? Mientras tanto, después de ser tan críticos con la sociedad de la vigilancia y el control, nos tragamos aquello de que el civismo es mostrarnos sumisos a los controles y la vigilancia total.

Unknown

Meme circulando por ahí

  • Lo local y lo global y los virus sin fronteras. El gobierno dice que el virus no tiene fronteras, pero cierra las del Estado para ponerlo unido en pie de guerra, como si fuera igual Madrid, que no puede con sus muertos, que un pueblo de Jaén que no tiene infectados; o como si no existieran los conflictos nacionales en este Estado de Comunidades Autónomas soberanas en asuntos de salud pública. El virus es global, pero se combate localmente. Desde mis pantallas veo la pandemia en mis tres lugares: Argentina cerrada a cal y canto, en confinamiento total; México, como ya lo ven ustedes desde allí: en confinamiento quienes son ciudadanos y condenados a la intemperie quienes no tienen más que la calle. La pandemia es global y el virus no tiene fronteras, pero las culturas y la política, y por lo tanto las culturas políticas, le hacen frente de diferentes maneras. El virus es político.
  • Movimiento mínimos y afectaciones máximas. Estamos encerrados porque se ha limitado un derecho fundamental, el de la libre circulación. Derecho condicional del sistema económico en el que vivimos, esencial para la libertad de mercado. Tanto, que hoy no podemos comprar más que comida o medicamentos. Y tenemos que hacerlo en el lugar más cercano, sin posibilidad incluso de elegir nuestro supermercado de preferencia. Se ve ese efecto en los espacios publicitarios de mis pantallas: al principio solo anuncios de comida y de medicamentos; ahora aparecen alusivas las de algunos productos imposibles hoy por hoy, como coches o tiendas de mobiliario y decoración para el hogar. El imaginario occidental y capitalista parece estar viviendo el comunismo que se representaba casi bárbaro, como si estuviésemos ensayando un socialismo de hecho, no ideológico. Y en esa situación anómala, se cuelan bondades no intencionadas, como las de migrantes que han visto suspendidas sus órdenes de deportación; o el de otros en situación irregular y sin techo alojados ahora en polideportivos de la ciudad; o de repente inmigrantes regularizados en masa, como en Portugal. Curiosa paradoja: quienes éramos libres para movernos nos sentimos ahora como en la cárcel; quienes eran condenados por moverse parecen ahora más liberados que nosotros.

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  • Distanciamiento y aislamiento social. Como si la sociedad hubiese hecho de sus sociólogos ingenieros y planificadores de la disposición social de sus miembros. Separación de metro y medio por lo menos, cero contacto corporal. Las vidas de perro parecen más libres que las de los humanos y, entre éstos, parecen más libres los que tienen perros. El espacio público se ha vaciado. De repente parecen de tiempo lejano, pero son de apenas unas semanas las imágenes de plazas públicas abarrotadas de multitudes que protestan. Ahora se ve el vacío. En estos tiempos de oikos obligados, el ágora se vuelve balcónica: estamos conociendo a más vecinos, bien porque se asoman más a las ventanas; bien porque nos saludamos cada día a las 8 de la tarde, cuando tocan los aplausos para quienes pasan a ser héroes con la pandemia, el personal sanitario. Y después de tanto confinamiento en casa, ¿cómo será el hogar cuando salgamos de él? ¿Seguiremos representándonoslo como el refugio cálido y acogedor o como la celda agobiante que ha deteriorado nuestras relaciones personales más cercanas?

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  • El coma productivo y las posibilidades de volver a pensar lo común. Al momento de escribir estas notas, España entra en confinamiento total; se para la producción “no esencial”, aunque, como es de suponer, hay debate sobre qué merece tal calificativo. La justificación que argumenta la medida se basa en prevenir lo que en este momento es ya una realidad: el colapso de las unidades de atenciones intensivas en los hospitales. Mientras algunos gobiernos y todas las corporaciones empresariales ven la medida como una catástrofe que llaman “economía en coma”, no han sido pocas las luchas de trabajadores y trabajadoras en torno a las condiciones de trabajo en estas circunstancias. Los paros de hecho de muchas unidades de producción por parte de la clase trabajadora, han entablado verdaderas luchas por la vida exigiendo las medidas de distanciamiento y seguridad que los gobiernos decretan para la población en general y que las empresas no pueden garantizar. Entre estos resurgimientos de luchas de clase trabajadora y gobiernos que se vuelven keynesianos de un día para el otro, la pandemia da también para imaginarnos sociedades mejores para cuando podamos salir a verlas. Si el virus ha calado hasta el corazón del sistema económico y el modo de producción, será que también hay perspectiva de cambios importantes. Se abren posibilidades para enfocarlos desde dos principios que el feminismo gritaba hace apenas tres semanas atrás: el cuidado y lo común.

Hoy, que todo es excepcional, no estaría mal que pensemos en esos asuntos excepcionalmente, libres de la “cómoda superficialidad” de los tiempos normales. Britney Spears ya está en eso.

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