El Buen Fin – el consumo de las élites fósiles y la crisis climática / por Libertad Chavez-Rodriguez

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Este fin de semana en México nos deseamos “¡Buen Fin!”, aprovechando el lunes de asueto oficial se presenta como una buena oportunidad para adelantar las compras navideñas y hacernos de aquello que tanto hemos deseado, de contado o a meses sin intereses.

Para ello hemos sido preparados durante semanas con un bombardeo de ofertas especiales e increíbles promociones de todo tipo de productos y servicios, desde negocios pequeños hasta grandes tiendas departamentales realizan campañas de mercadotecnia para captar nuestra atención y lograr nuestro consumo.

Sumándose, el gobierno federal adelanta parte de los aguinaldos, lo cual es secundado por otros niveles de gobierno y empresas privadas; todo sea por incrementar el dinero circulante, e impulsar la economía. Aunque buena parte de las promociones consisten en ofrecer compras a meses sin intereses y créditos bancarios exprés que incentivan el endeudamiento de los hogares. La avalancha de ofertas incrementa la percepción de que estamos ante oportunidades inigualables, de las que sacaremos ventaja, ya sea para completar nuestro guardarropa, nuestro mobiliario o estar a la vanguardia tecnológica en movilidad, entretenimiento y telecomunicaciones.

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El Buen Fin en México se ha implementado desde 2011, a iniciativa del gobierno federal y el comercio organizado, como estrategia de comercio interior para disminuir la salida del gasto hacia los Estados Unidos por el Black Friday.** Según la página oficial, el objetivo es “usar el poder del consumo para reactivar nuestra economía, al mismo tiempo que tú como consumidor te beneficias comprando con los mejores precios del año, todo lo que siempre estás postergando”.[1]

Ya que los objetos que adquirimos, los servicios que empleamos y las prácticas de consumo que realizamos cumplen una función que va mucho más allá de lo material, no me interesa desacreditar esta estrategia de consumo en términos privados (aunque existen serios cuestionamientos desde su inicio, ver Miranda 2012)[2]. Me importa reflexionar sobre el consumo como una actividad humana profundamente arraigada entre nuestras aspiraciones de estatus de clase y nivel de vida, y entre las motivaciones para lograr el acceso y experimentar determinados estilos de vida, así como las implicaciones de todo ello en la crisis climática y ambiental.

Siguiendo al sociólogo francés Pierre Bourdieu (1979, pp. 267-280), consumimos lo que nos permite maximizar la rentabilidad cultural de los productos y servicios (no la rentabilidad material o estrictamente económica). Es decir, lo que consumimos y las formas en las que lo hacemos nos distinguen del otro y nos permiten establecer una relación próxima a lo que él denomina “la cultura legítima”, que está representada por la clase dominante, la llamada “clase ociosa”, que realiza prácticas de consumo y de ocio ostensible en forma cotidiana.[3]

A propósito de ello quisiera referirme al consumo de las élites corporativas, políticas y militares, entre ellos el 1% de superricos del planeta, y a las aspiraciones tan generalizadas a seguir sus formas de consumo y estilos de vida. Según Naomi Klein (2015), en su libro Esto lo cambia todo, el capitalismo en contra del clima[4], la emergencia climática se da en un momento histórico en el que las élites son más poderosas que nunca, en donde los derechos comerciales y corporativos están muy por encima del derecho humano a un ambiente sano y a un futuro sostenible. Son precisamente estas élites las que menos interés tienen en modificar sus valores y patrones de consumo y con ello cambiar la dependencia económica global de los combustibles fósiles y por tanto frenar la emisión de gases de efecto invernadero (GEI).

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El consumo suntuoso de las élites despilfarra grandes cantidades de materia y energía para el mantenimiento de su nivel de vida y por tanto de su estatus. Para dar una idea de tales patrones de consumo, el Índice “Costo de vivir extremadamente bien” de la revista Forbes[5], incluye seis categorías:

  1. Entretenimiento y juguetes (boletos de ópera, pianos, yates de motor y de vela, escopetas deportivas, caballos pura sangre, trenes de juguete, puros y suscripciones de revistas).
  2. Moda (abrigos de piel, vestidos de diseñador, camisas a la medida, zapatos y mocasines, relojes, bolsos y perfumes).
  3. Comidas y bebidas (catering, caviar, champán, filetes de carne, cenas en restaurantes exclusivos).
  4. Hogar (flores de temporada, sábanas de telas exclusivas, cubiertos de plata, saunas, albercas olímpicas, canchas de tenis).
  5. Servicios (colegiaturas, alojamiento y comida en escuelas y universidades privadas, cirugía facial, spa, hospitales privados, mayordomos, psiquiatras, abogados).
  6. Viajes (hoteles, viajes en jets privados, viajes en helicóptero, autos de lujo, equipaje de diseñador). 

En términos del nivel de ingresos y su relación con las emisiones de GEI existe una desigualdad extrema. De acuerdo al informe de Oxfam (2015)[6], el 10% más rico de la población mundial genera la mitad del total de las emisiones derivadas de los hábitos de consumo (49%). Mientras tanto, el 50% más pobre de la población mundial aporta apenas el 10% de las emisiones. Los percentiles del 6 al 9, que muy probablemente sean los percentiles que en mayor grado pudieran orientar su consumo al de los superricos, generan el 41% de las emisiones. De manera que…

la huella de carbono media de una persona que se encuentre entre el 1% más rico de la población mundial puede ser hasta 175 veces superior a la de alguien que se encuentre entre el 10% más pobre” (Oxfam 2015).

Por si fuera poco el orden patriarcal capitalista nos tiene tan ocupadas y ocupados en atender nuestros deseos de consumo en eventos como El Buen Fin, para cumplir entre otras cosas los ideales de belleza y juventud –cuyos rituales por cierto están asociados a un alto consumo energético y de sustancias químicas contaminantes – que poco tiempo queda para reflexionar seriamente sobre nuestro comportamiento ambiental y sobre los valores y aspiraciones que perseguimos con nuestros patrones consumo, reales o imaginarios, para realizar cambios en nuestros estilos de vida hacia la reducción del consumo y con ello frenar la emisión de los GEI, en el transporte, el vestido, la alimentación, la vivienda y las comunicaciones, y finalmente para pasar a la acción e impulsar movilizaciones sociales masivas que exijan decisiones políticas y económicas contundentes frente al cambio climático, y que reconozcan cabalmente la crisis ambiental y climática global en la que estamos inmersos.

19 de noviembre de 2019

 

* Imágenes tomadas de Internet

** Por su parte, el Black Friday marca el inicio de la temporada de compras navideñas con descuentos espectaculares en el vecino país de norte desde aproximadamente los años 1950s, y recientemente junto con el Cyber Monday para compras por internet.

[1] ¿Qué es El Buen Fin?

[2] La Jornada (9 Noviembre, 2012). Cuestionan académicos El Buen Fin; beneficia sólo a empresas participantes. Por Juan Carlos Miranda.

[3] Bordieu, Pierre (1979). La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Madrid: Taurus.

[4] Klein, Naomi (2015). Esto lo cambia todo, el capitalismo contra el clima. Barcelona: Paidós.

[5] Revista Forbes (22 de Octubre, 2018). ¿Cuánto cuesta vivir como multimillonario? 

[6] Oxfam (2015). La desigualdad extrema de las Emisiones de carbono. Nota informativa de Oxfam. Informe completo aquí.

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