In Memóriam “Salud y Libertad” / por Lydia Espinosa

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Nadie escapa al recuerdo de los muertos. No en noviembre y menos en nuestro país. Entre actividades escolares, culturales y turísticas;  visitas al panteón, arreglo de tumbas y altares, y rituales y ofrendas compartidos, es difícil -aún en el norte de México- ignorar ese sustrato cultural común que aunque construido y reconstruido varias veces, aún nos mantiene unidos a la memoria de nuestros ancestros y antepasados. Ciertamente el peso del presente sobre nuestras vidas es abrumador y hoy nos debatimos entre la memoria y el olvido, entre recordar a nuestros muertos y reconocer lo que a ellos debemos, o simplemente voltearles la cara.

Tanto a nivel individual como familiar y social, nuestra memoria del pasado se encuentra amenazada. Tal como lo plantea Gilberto López y Rivas en su ensayo titulado Las políticas culturales del estado mexicano en la transnacionalización neoliberal, la globalización requiere de una humanidad indiferenciada y de la propagación generalizada de un cosmopolitismo que erosione y destruya, si es posible, la identidad nacional. Omitir, silenciar, distorsionar o tergiversar la historia resulta indispensable para producir en las nuevas generaciones una amnesia y una asepsia de todo aquello que otrora remitía a la construcción de la identidad nacional.

En esta “amnesia conveniente” que ahora se propaga desde la escuela, los libros de texto y las políticas culturales, sigue López y Rivas, se minimizan las relaciones conflictivas y, por ejemplo, los despojos territoriales sufridos por México a causa del expansionismo norteamericano, pasan a considerarse como un mero anuncio de lo que ineludiblemente habría de suceder: la integración económica y finalmente, por qué no, la integración cultural. De igual forma los héroes del pasado, especialmente aquellos “que nos dieron patria”, son sometidos a duros y muchas veces injustos cuestionamientos con el ánimo de despojarlos a ellos y a los ideales por los que lucharon de toda fuerza combativa que pudieran contagiarnos.

Muchos quizá recuerden que para iniciar los festejos del bicentenario de la Independencia, el presidente Felipe Calderón tomó la decisión de exhumar los restos de l4 insurgentes, que desde el 16 de septiembre de 1925 se encontraban en la Columna de la Independencia por órdenes del presidente Plutarco Elías Calles quien por sus pugnas con la iglesia decidió sacarlos de la catedral metropolitana donde se hallaban.   El propósito de Calderón iba más allá de dar por inaugurada una fiesta cívica con un desfile que resultó por lo demás muy deslucido: se trataba sobre todo de realizar un esfuerzo encaminado a desmitificar nuestra historia patria sobre la base de la identificación científica de los restos óseos que contenían las urnas. Lo que dicho análisis confirmó, eso sí con mucho detalle y tras varios años de estudio,  fue lo que siempre supo: las urnas contenían fragmentos muy variados de distintos restos óseos.

Desde luego, la fuerza de las reliquias no radica en su verdad histórica, sino en el valor y el significado que le otorgan quienes las veneran o respetan. En el poder evocador que le son reconocidas precisamente porque se quiere mantener el recuerdo de aquellos que por su vida, sus valores  y su contribución a los demás, han sido considerados objeto de exaltación. El culto a las reliquias de los héroes y los santos es una tradición muy antigua y aunque es indudable que el proceso de secularización y la amnesia promovida desde  el poder les han asestado un duro golpe, estas claves de la memoria, asociadas por lo general a lugares específicos (lugares de la memoria), son resignificadas y constituyen actualmente una forma más de resistencia frente a quienes pretenden borrar toda huella de nuestro pasado.

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Mural dedicado a Fray Servando Teresa de Mier con Xavier Mina a su izq. Autor: Gerardo Cantú. Biblioteca Central Marcroplaza de Monterrey

Para lograr  instaurar una amnesia conveniente, la memoria estorba y hoy se encuentra secuestrada y acallada, sobretodo allí donde los pueblos y grupos sociales se niegan a olvidar sus luchas y experiencias colectivas de mayor significado. Vale por tanto recordar en estos días la impactante figura del insurgente Xavier Mina, guerrillero navarro y combatiente internacionalista, fusilado el 11 de noviembre de 1817 en el cerro del Bellaco o del Borrego, frente al fuerte de Los Remedios en Pénjamo, Guanajuato. Tenía entonces 27 años pero una larga vida de lucha que lo llevó a enfrentarse a las fuerzas invasoras de Napoleón en España, organizando la guerrilla navarra en el llamado Corso terrestre de Navarra, por lo cual pasó cuatro años preso en una de las prisiones más duras de Francia. Liberado se enfrentó a la monarquía absolutista de Fernando VII quien a su regreso había mandado abolir la Constitución de Cádiz. Exiliado en Londres participó activamente en los círculos liberales, conoció a fray Servando Teresa de Mier y organizó una partida de 350 voluntarios que decidieron embarcarse para reforzar la lucha por la Independencia que entonces se libraba en la Nueva España.  En palabras de Lucas Alamán,  “el joven Mina”, también llamado en su tierra “el estudiante”,  fue “Un relámpago de gloria y esperanza” y aunque su breve y fallida campaña militar concluyó con su muerte, su valentía y sus valores merecen  ser recordados.  En sus textos y proclamas el ideal iberoamericano, que lo llevó a entrevistarse en Haití con Simón Bolívar, siempre está presente así como sus  ideas republicanas de lo que debe ser el buen gobierno.

“Salud y Libertad” es la frase con que Mina signaba todas sus proclamas, como si con ello quisiera abarcar lo que deseaba para los pueblos por los que luchaba. Hoy que por primera vez su muerte se conmemorará en Otano, su pueblo natal, y se develará una placa en castellano, euskera y náhuatl, quiero recordar con él, que la patria “no está circunscrita al lugar en que hemos nacido sino propiamente al que pone a cubierto nuestro derechos…” también que  “Sin echar por tierra en todas partes el coloso del despotismo, sostenido por los fanáticos y monopolistas, jamás podremos recuperar nuestra dignidad. Para esa empresa es indispensable que todos los pueblos donde se habla castellano aprendan a ser libres, a conocer y practicar sus derechos…” 

6 de noviembre de 2017

 

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