El patriarcado en el siglo XXI: ¿ocaso o consolidación de un sistema? / por Mauricio Argüelles

El 25 de noviembre, como sucede desde 1999 por designación de la ONU (Organización de las Naciones Unidas), se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Rita Segato, referente en América Latina como una de las principales investigadoras sobre el tema de la violencia de género, subraya que la violencia contra la mujer está inserta dentro de lo que se conoce como el sistema patriarcal, que es “un sistema político primigenio que es la primera forma de desigualdad y de usurpación, de poder, de prestigio, de autoridad y de soberanía” (2021). Ya la historiadora austriaca Gerda Lerner, pionera dentro de los estudios de género y autora de La creación del patriarcado (1990), señalaba que este sistema no es natural en el orden del mundo, sino que más bien se ha construido socialmente.

Lerner entendió muy bien que en este mundo integrado desde la dominancia varonil ser mujer conlleva ser parte de “la otredad”, es decir, de la minoría, de lo que no es parte del statu quo. Al respecto, Lerner, también judía exiliada durante la época del nazismo, refugiada política, inmigrante en Estados Unidos y comunista perseguida por el macartismo de los años 50, ejemplifica cómo cuando se es parte de una minoría es más probable que se desarrolle lo que el sociólogo Charles Wright Mills denomina “imaginación sociológica”; en este caso, simplemente cuando una persona es mujer es más factible que se asuma como parte de una estructura social en lugar de pensarse simplemente como una persona individual que puede “crear” su propio mundo. Ser parte de una minoría no tiene que ver aquí con los números sino con la posibilidad o no de participar en los asuntos públicos. Por ejemplo, en países como México, si bien según el INEGI (2020) su población de más de 126 millones de personas está mayoritariamente conformada por mujeres (51.2%) frente a los hombres (48.8%), sucede que ser mujer en este país es ser parte de una minoría política. 

La conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer originalmente fue propuesta desde 1981 por colectivos de movimientos feministas latinoamericanos, quienes buscaron rendir tributo a la memoria de las hermanas Patricia, Minerva y María Teresa Mirabal, quienes se convirtieron en mártires luego de ser asesinadas un 25 de noviembre de 1960 por órdenes del General Trujillo, gobernante en ese entonces de República Dominicana.

Rita Segato recalca que el patriarcado es incluso el primer sistema de usurpación de poder, previo a otros como el clasismo, el racismo, la colonización. Sin embargo, al respecto Gerda Lerner se cuestiona cómo es posible que otros grupos oprimidos (esclavos, colonizados, minorías étnicas) fueron conscientes de su opresión muy pronto y desarrollaron teorías y programas políticos para su propia liberación, siendo que con la mujer la autoconsciencia de explotación fue mucho más tardía. Segato explica que es precisamente el patriarcado el principal sistema de opresión y sobre el que se asientan los demás. Indica la autora argentina que eliminar el patriarcado va mucho más allá de las soluciones típicas como repartir equitativamente entre hombres y mujeres puestos en las jerarquías o asignar salarios al trabajo doméstico no remunerado (labor típica de las amas de casa, impuesta culturalmente por el dominio varonil) pues el patriarcado, dice, es un orden de adueñamiento que es parte de una estructura corporativa de la masculinidad, estructura que durante siglos ha basado su permanencia en dos pilares: la lealtad de los hombres a esta “corporación” y el respeto a la estructura jerárquica de la misma ( es decir, hay distintos grados de “macho”: hay unos más superiores que otros). 

La lealtad a la corporación se fundamenta en lo que Segato denomina el “mandato de la masculinidad”, que no es otra cosa que dejar en claro la disposición a refrendar el título de propiedad que el varón asume que tiene sobre el cuerpo de la mujer. Obedecer este mandato implica romper todas las demás reglas, incluso el respeto por la vida. Esto es así porque los varones en general actuamos bajo la mirada omnipresente y censora del orden varonil, que nos premiará siempre que revelemos nuestro valor como hombres, y nos castigará cuando nos mostremos débiles. Ya lo argumentaba Octavio Paz en El laberinto de la soledad: acatar este mandato implicaría no “rajarse”, es decir, evitar mostrarse o abrirse a los demás, como lo haría –según la visión de la sociedad machista mexicana– una fémina, cuya “rajada”, explica Paz, es para los arquetipos del machismo mexicano el sexo de la mujer, la vagina. 

Óleo sobre tela de la imagen de Josefa Ortiz de Domínguez (1768-1829), artífice del movimiento insurgente que propició el inicio de la Independencia de México en 1810

La desigualdad y el pacto patriarcal lo refrendamos culturalmente incluso cuando aceptamos que gozamos de ciertas prebendas sólo por ser hombres y que por tanto debemos usar dichas ventajas para defender a las mujeres. “Yo también tengo hermana, esposa”, es nuestra frase favorita para erigirnos como los “protectores” de cualquier mujer, como si entonces el hecho de no tener una hermana o esposa nos impidiera contar con la empatía necesaria e incluso imaginar cómo sería vivir en este mundo si en lugar de haber nacido varones hubiésemos nacido mujeres. Como varones defensores del sistema nos instauramos en sacerdotes de los asuntos morales que tienen que ver incluso con el cuerpo de la mujer, como lo es el debate sobre la despenalización del aborto; desde una visión conservadora desoímos las demandas por el respeto a los derechos humanos fundamentales e imponemos –históricamente como parte del grupo dominante– la prohibición, esto  en lugar de tomar en cuenta la libertad de decisión de cada quien, ante todo de quien tiene el derecho a disponer sobre su propio cuerpo y la responsabilidad primera para defender o no un ser que se gesta dentro de su propio útero, este es, una mujer. 

Volviendo a Segato, la violencia contra los derechos fundamentales de una mujer está representada, en una de sus peores vertientes, en la violación, acto que antes que ser un mero acto de satisfacción sexual, representa un discurso moralizador, esto es, aquí se potencializa al máximo la capacidad de apropiación que se ha adjudicado el varón que construye socialmente a la mujer como persona vulnerable: se tiene que confirmar la superioridad moral del hombre, y esto debe hacerse con el testigo de los pares (así lo interpretó la antropóloga argentina al realizar su trabajo de campo con entrevistas a hombres privados de su libertad y acusados de violación). Por eso –y repensando de nuevo a partir de Octavio Paz–  el prototipo machista mexicano debe dar muestras de que es el más chingón, es decir, el que chinga y no que es chingado, lo que para Paz es signo esto último de ser penetrado (ilustración que brinda el Nobel de literatura mexicano al hablar del origen de la palabra chingar, que viene del náhuatl xinachtli, y que significa hendidura o rajada, y de donde proviene el mayor insulto que existe en México, que es “chinga a tu madre”, o dicho de otra forma, “ve y viola a tu propia madre”). 

Y aunque uno de los Objetivos del Desarrollo Sostenible de la ONU para el 2030, con los que están comprometidos países y organizaciones de todo el mundo, es el de la igualdad de género, y pese a que ONU Mujeres (2022) ha previsto que no sólo no se alcanzará este objetivo para ese año sino que, si se sigue trabajando al ritmo actual en cuanto a la brecha de género, tomará casi tres siglos revertir las desigualdades de género, esta generación al menos hemos podido ser mucho más conscientes de que el mundo que dimos por sentado desde generaciones milenarias nunca tuvo que ser ni debió ser como es ahora. Tocará seguir en la pelea a mujeres y niñas, y a quienes la ruleta de la asignación de cromosomas nos direccionó hacia el sexo masculino y no al femenino, nos tocará cuando menos repensar las masculinidades en las que nos formamos. Las generaciones más jóvenes cada vez nos cuestionarán más por qué los más grandes seguimos empeñados en dejarles como legado un mundo tan contaminado, violento y desigual. 

Monterrey, 29 de noviembre de 2022

arguellesperez@yahoo.com

Referencias: 

INEGI (2021). En México somos 124,014,024 habitantes. Comunicado de prensa número 24/21. https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2021/EstSociodemo/ResultCenso2020_Nal.pdf

Lerner, Gerda (1990). La creación del patriarcado. Barcelona: Crítica (primera edición publicada en 1986).

Mills, C. W. (2003). La imaginación sociológica. México: Fondo de Cultura Económica (primera edición publicada en 1959).

ONU (2022). Alcanzar la igualdad de género para las mujeres costará 300 años al ritmo de progreso actual. Noticias ONU. Mirada global. Historias humanas. 

https://news.un.org/es/story/2022/09/1514031

Paz, Octavio (2014). El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica (primera edición publicada en 1950).

Segato, Rita (2021). Entrevista realizada por Julia López para Señal U Académico y publicada el 12 de marzo de 2021.

https://www.unidiversidad.com.ar/entrevista-rita-segato

Fotografía de portada: Marcha contra la violencia de género en la Ciudad de México. Fuente: El País.

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