La voz de las cosas / por Rodolfo A. García Martínez 

Quizá este texto nace del desorden, del mío personal, pero también de un cierto caos social que nos pone de frente muchos temas ante los cuales vale la pena detenernos y proponer una reflexión. Quería escribir sobre el boicot al mundial de fútbol en Qatar y la precariedad laboral que no nos es lejana; luego sobre el invierno en Ucrania que se usa como arma de guerra por Rusia; también de los ataques de colectivos a obras de arte alrededor del mundo haciendo un llamado mediático de conciencia ante la crisis climática; después pensé en recordar el legado académico del francés Bruno Latour. Comenzaba a darle vueltas a un tema cuando aparecía ya otro del que también quería que reflexionáramos juntos, incluyendo los temas que los colegas han venido proponiendo en este espacio. En un intento por darme a mí mismo una pista, espero saber proponer algo que le ponga un poco de imaginación sociológica a la vida cotidiana y quizá una pista para actuar en ella. Opté por Latour.

Mi asesor en el doctorado, hablando de salud mental, dice con humor que se puede hablar con uno mismo de vez en cuando, que más bien me preocupe cuando me empiece a responder a mí mismo. Yo, por mi parte, empecé (y quizá ya me deba preocupar) a hablar con las cosas. Y lo peor de todo es que quiero invitarlos a que hagan lo mismo. Parto de una propuesta de Bruno Latour, fallecido en octubre pasado en París (1947-2022). Latour fue un pensador francés, reconocido como filósofo de la ciencia, sociólogo y antropólogo, a pesar de que a él mismo no le gustaban estas clasificaciones, no le parecen siempre útiles. En alguna entrevista dijo bromeando que en las librerías no sabían dónde ubicar sus libros, si en antropología, en ecología, en filosofía o en turismo. 

Bruno Latour, 1947-2022

Mi primer encuentro con él fue un libro que llegó a mis manos, titulado “Dónde aterrizar»[1] aunque quizá “Nunca fuimos modernos” y “La vida en el laboratorio” sean sus obras más conocidas. En el primero de estos libros hace una fuerte invitación,  si no exigencia, al cambio en nuestra manera de pensar y relacionarnos con el planeta. En breves palabras, usa la metáfora de ir volando en un avión que no sabe dónde aterrizar;  partimos de la isla de localismo, a la que ya no se puede regresar, e ibamos seguros hacia la isla de lo global; el problema es que lo global se ha vuelto depredador: primero porque no hay los recursos suficientes en el planeta para lograr ese ideal de vida propuesto, acrecienta la desigualdad y se niega el cambio climático; de ahí el título, ¿localismo o globalismo?, o, como nos propone, comenzamos a considerar la Tierra misma como un participante y a abandonar la dicotomía de pensar que la preocupación por lo social es distinta de la preocupación ecológica. Para Latour no es real la distinción de esferas entre seres humanos y naturaleza, de ahí que critica la modernidad y la ciencia; si el mundo se torna un poco más justo lo será tanto para los seres humanos como para las especies, y la gran amenaza es el cambio climático que ya no podemos negar; esta postura me hace recordar, aunque hablen desde perspectivas distintas, lo que ha repetido constantemente Francisco: “son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior”[2].

Latour es conocido como uno de los fundadores de la Teoría del Actor Red, una propuesta metodológica y epistemológica que, tomando distancia de los paradigmas vigentes, trata a los objetos como parte de las redes sociales. Él, impulsor de la sociología de las asociaciones[3], toma distancia de la epistemología moderna que separa sujeto y objeto, considerando que los elementos humanos y no-humanos son parte de un sistema que genera ciertos vínculos sociales de donde surge lo social, por lo que los no-humanos son actores, o más precisamente, actantes.  Es decir, que para Latour, la acción, o la capacidad de agencia, no es exclusiva de los seres humanos que hacen cosas “con intenciones” y “con significado”, perspectiva que excluye a los objetos y desde donde lo no-humano no tiene posibilidad de cumplir un rol activo por la definición misma de actores y agencias. Y dejando así fuera de los análisis interacciones concretas que son en sí no sociales.

Si bien cuando decimos que las pavas “hierven” el agua, los cuchillos “cortan” la carne, los canastos “cargan” provisiones, los martillos “dan” en el clavo esos verbos designan acciones, para Latour esta definición de agencia de los objetos está limitada “a priori” a las intenciones y significados de los humanos. Para él cualquier cosa que modifica con su incidencia un estado de cosas es un actor o, si no tiene figuración aún, un actante. Por lo tanto las preguntas que deben plantearse sobre cualquier agente son simplemente las siguientes: ¿incide de algún modo en el curso de la acción de otro agente o no?; ¿hay alguna prueba que permita que alguien detecte esta incidencia?.  Para él la respuesta debe ser un rotundo sí, a menos de que podamos afirmar que podemos hacer las mismas acciones del mismo modo prescindiendo de los objetos: como hacer una sesión de zoom sin internet o sin un dispositivo, clavar sin el martillo, hacer efectiva una amenaza sin un arma, hervir sin la tetera y que la presencia o ausencia de tales objetos no cambia nada importante en la realización de esas tareas; en este sentido son actores, y más aún, participantes; no en el sentido causal, puesto que no “determinan” las acciones, sino que las cosas podrían autorizar, permitir, dar los recursos,  alentar, sugerir, influir, bloquear, hacer posible, prohibir, etc… motivo por el cual ninguna ciencia de lo social puede iniciarse siquiera si no se explora primero la cuestión de quién y qué participa en la acción, aunque signifique permitir que se incorporen elementos que a falta de mejor término, podríamos llamar no-humanos (Latour 2005[4]).

Viñeta que introduce la Teoría del Actor Red en el libro Ensamblar lo social

Cuando les quiero decir que los quiero invitar a que hablemos con las cosas lo que sugiero es que nos podamos preguntar sobre la agencia que ejercen en un cierto sistema o en otros seres humanos estos actantes no-humanos y no descartar tan facilmente la postura de Latour, puesto que puede aportarle algo a nuestros análisis. Pensemos por ejemplo en la capacidad de agencia que un virus, algo no humano, pudo tener en nosotros durante los años pasados; su presencia, la mera creencia de su presencia o de su ausencia, transformó nuestras relaciones, desde nuestros rituales sociales como no saludar de mano o celebrar los cumpleaños con caravanas, hasta el modo de trabajar, comprar o estudiar desde casa. O podríamos pensar en el modo en que la presencia de una camára de vigilancia transforma el comportamiento de algunos de nosotros no sólo externamente, a nivel conductual, sino también internamente: sea en el sentirnos fastidiados porque “nos vigilan” o sentirnos serenos porque “estamos seguros”. ¿Han visto el letrero que ponen en los centros comerciales bajo las camaras de vigilancia? Dice: “Sonría, usted está seguro”.En este sentido, podríamos pensar en el aporte que puede hacer este tipo de análisis a nuestra mirada sobre la ciudad: monumentos, antimonumentos[5], crecimiento vertical, presencia o ausencia de árboles, asfalto, automoviles y bicicletas, semáforos, medidores de la calidad del aire, puestos moviles de vigilancia con vidrios polarizados, grandes pantallas publicitarias, luces de casa que se encienden y apagan vía remota, geolocalización por medio de celulares, transporte público, una avenida, la presencia o ausencia de una ley que pena la distribución de ciertas imágenes sin consentimiento u obliga a inscribir a las trabajadoras del hogar en el seguro social; todos esos actantes no humanos ¿ejercen una agencia en eso que estudiamos o vivimos cotidianamente?

Podemos no sólo “escuchar” lo que nos dicen las cosas, sino “preguntarles” o más bien “descubrir” la agencia que tiene sobre mí, sobre mis reflexiones y decisiones; podemos ver la agencia que tienen una serie de casas pequeñas abandonadas, todas construidas de la misma manera y de los mismos colores, o el crecimiento vertical de la ciudad como nos invitó Elided en este mismo espacio; o las puertas transaparentes y videocámaras en la sociedad del control y  la vigilancia como nos propuso Ignacio; o el descubrimiento de una prenda desconocida en una fáabrica que ejerciendo agencia mueve a la investigación y al activismo que da a conocer un contrato colectivo (Lylia Palacios); una sequía y un texto que narra la experiencia de una ciudad (Meynardo) o el desarrollo urbano desenfrenado de la mancha Urbana (Anne) tienen una cierta agencia; también las marchas, las pintas, las proyecciones en edificios, los parques de un municipio y de otro, e incluso la agencia de una lágrima en la mejilla de un varón, que supuestamente comunica debilidad en un patriarcado que reproduce el mundo contaminado, violento y desigual del que nos habló Mauricio. 

Independientemente de la postura metodológica y epistemológica personal, del acuerdo o no con Bruno Latour, les invito a mirar, física y académicamente, todos esos actantes no humanos y dialogar con ellos, en la ciudad, la investigación, el activismo, la vida cotidiana, y a crear actantes nuevos, objetos que hablen, denuncien, resistan, comuniquen y  ejerzan una agencia más ética y justa para todos y -¿porqué no?- tumbar, desapararecer o destruir otros. Como dice el poeta: “cada ciudad puede ser otra cuando el amor la transfigura… tantas como amorosos la recorren”[6].

Una anécdota final

Tengo una amiga polaca, es una monja. Desde hace tiempo hemos estado hablando de la guerra y del servicio que ella y su comunidad ofrecen a las poblaciones que se desplazan desde Ucrania en busca de refugio. Me llamó para apostar en el partido México vs. Polonia. Le dije que por el momento no consumo fútbol, que el mundial no se está viviendo con suficiente ética. Ella me dijo que para ellos, por ahora es diferente, que les sirve para “olvidar un poco los miedos y problemas y simplemente gozar el futbol”; ya no pude responder, pero anestesiar el propio dolor con el dolor de otros, escondido por el sistema es también algo que nos hace difícil salir del embrollo en el que andamos o, siguiendo la metáfora de Latour, no tener en dónde aterrizar.

6 de diciembre de 2022

padrerodo@gmail.com 

[1] Latour, B. (2019). Donde aterrizar.  Cómo orientarse en política. Taurus. 

[2] Francisco, Papa. (2015) Carta Encíclica Laudato Si. Sobre el cuidado de la casa común. LS 10.

[3] Para el autor hay una diferencia entre sociología de las asociaciones, su perspectiva crítica de la ontología de la sociología de lo social (clásica), desde la que ensambla a lo social elementos no sociales. 

[4] Latour, B. (2008). Reensamblar lo social: una introducción a la teoría del Actor-Red. Buenos Aires: Manantial.

[5] Antimonumentos*: Los monumentos tradicionales son instalados por el Estado para que perduren en el tiempo y representan “discursos oficiales y verdades históricas” … como la fuente de Neptuno (Dios de los mares) en la Macroplaza que conmemora el Plan hidráulico de la ciudad  (1984) y fue reinagurada recientemente, después de la crisis hídrica, para decirle a la ciudadanía que “hay esperanza, hay agua, hay vida”. Los antimonumentos en cambio “surgen para deconstruir esas posturas oficiales, mediante una apropiación del espacio público, digámos caótica y que sí tienen una temporalidad”, es decir son historias in fieri, todavía no terminan, de modo que al verlos nos recuerdan que están sucediendo, son, muchas veces como denuncia de que algo no está resuelto, sigue pendiente y aún se debe resolver, como la antimonumenta del palacio de bellas artes, el gran numero 43 rojo o el 49ABC en paseo de la reforma o la plaza de los desaparecidos en la Av. Washington en Mty. (*Díaz Tovar, Alfonso. “Antimonumentos. Espacio público, memoria y duelo social en México”, Aletheia, Vol. 8, no.16, Junio 2018)

[6] Benedetti. Cada ciudad puede ser otra. 

Imagen de portada: Foto: Markus Spiske / Unsplash

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