El discreto encanto de estirar la pata / Por Benjamín Palacios Hernández*

Si buscáis los máximos elogios, moríos.
Epitafio de Enrique Jardiel Poncela

Decía mi entrañable y recientemente desaparecido amigo Mario Curzio que las mentiras más grandes suelen encontrarse en los epitafios, esas inscripciones que según el socarrón Ambrose Bierce “demuestra(n) que las virtudes adquiridas por la muerte tienen un efecto retroactivo”. (1) Y es que, en un considerable número de casos, la muerte pareciera ser un baño de purificación universal mediante el cual todo vivo que ha transitado hacia la nada se convierte en santo, o por lo menos en persona sin mácula.

Pero la casuística no se agota en los epitafios ni en el surgimiento milagroso de virtudes morales. En circunstancias específicas, particularmente cuando se trata de lo que el vulgo y la prensa común llaman personalidades (artistas, “intelectuales” y políticos, sobre todo), a la eclosión de aquellas virtudes —ignotas antes y florecientes en el momento mismo de la muerte de los susodichos— la acompaña la conversión no menos milagrosa, a la manera de la transustanciación católica, de sus obras, vidas e intelectos en sobresalientes, ejemplares y excepcionales, respectivamente.

Aunque vivos ninguno de ellos haya siquiera soñado con el Nobel, o ser traducido a lenguas extranjeras, o reconocido internacionalmente como estadista, o perseguido por los grandes museos y editoriales para exponer o publicar su obra, la sola muerte los resarce con creces así sea durante el breve lapso en que sus decesos son noticia, de modo que bien podrían decir, con el poeta:

Me doy cuenta muy bien de que caeré en tierra muerto;
pero ¿cuál vida puede igualar a esta muerte mía? (2)

Puesto que tarde o temprano todos hemos de caer en tierra muertos, o al menos eso asegura aquel que dijo allá por 1494 que “la muerte nunca dejó a nadie aquí”, (3) ninguno de estos notables póstumos se encuentra a salvo de ser víctima inerme de los panegíricos y epicedios (en realidad una cáfila de lugares comunes y de elogios desmesurados carentes de cualquier originalidad) que, aunque de fugaz vigencia y memoria, se solazan reproduciendo sin perder oportunidad una antiquísima costumbre que hizo decir a Voltaire: “respetamos más a los muertos que a los vivos”, (4) y que llevó a Bentham a constatar un cierto “prejuicio  en favor de los muertos” fundado sobre la certeza de que una persona que ya no existe no tiene rivales, “prejuicio” que suscita el espectáculo de aquellos que ante el deceso de alguien cambian súbitamente de parecer y actitud y “se adornan, al elogiarlo, con un aire de justicia y de equidad que nada les cuesta”. (5)

De esta artificial apologética fúnebre existen ejemplos abundantes, y hay quienes se sienten impulsados, como si de una necesidad orgánica se tratase, a entonar loas con ánimo exaltado incluso a aquellos a quienes en vida habían criticado, combatido o ignorado. Es el caso de aquel candidato presidencial priísta, Luis Donaldo Colosio, asesinado en circunstancias que muchos años después continúan siendo oscuras. Cualquier revisión de la prensa de la época arroja la imagen de un candidato menospreciado, criticado por sus tintes grisáceos. Al día siguiente de su muerte empezó a ser convertido en estadista, profeta y visionario, y con él —como suele ocurrir en estos casos— el país perdería a uno más de tantos únicos e imprescindibles y malogrados salvadores de la patria.

Mucho tiempo después le tocaría el turno a Carlos Monsiváis, mimado en vida y lanzado de lleno al mundo del ditirambo, incluido el cursi, con su muerte. De él Elena Poniatowska dijo en sus exequias celebratorias: “¿qué vamos a hacer sin ti, Monsi?” “¿Por qué nos hiciste esto?”, “¿por qué no nos preparaste mejor para tu muerte?”. Y María Rojo: “A todos nos deja desamparados. Era la brújula de México, el alma de los que no tenían palabra”. Y dicho eso ambas siguieron tranquilamente su camino.

En este terreno de la alabanza post festum y el encomio funeral, incluso cuando uno cree haber visto todos los excesos siempre hay quienes extienden los límites. El deceso de Jorge Carpizo, personaje no carente de claroscuros, vino a inclinar dramática y unánimemente la balanza: si en su larga carrera no escasearon los oscuros, un minuto después de su muerte todo ello fue borrado y el esbozo de su figura —curiosamente trazado por individuos de los laxamente llamados “progresistas”— se convirtió en un boceto todo él nítido, casi esplendente: “Se fue una de las conciencias más preclaras e importantes del país”, decretó Juan Ramón de la Fuente; Rolando Cordera no tuvo el menor rubor al hablar de “su empuje intelectual interminable”, tampoco Adolfo Sánchez Rebolledo al atribuir a Carpizo “la actitud moral e intelectual que hace de su compromiso con las ideas el proyecto de vida” e instaurarlo pura y llanamente como un “mexicano ejemplar”. En suma: otro nuevo e instantáneo santo, que aunque no a la jineta como aquel caballero del verde gabán, seguramente sería venerado por Sancho Panza; con la diferencia de que este, en contraste con todos los anteriores, era cándido y libre de todo fingimiento.

El fuerte aroma estrambótico de estas beatificaciones laicas fue sin embargo superado por el entonces rector de la UNAM, José Narro, cuyo discurso-homenaje abrió plañendo: “me inunda el dolor” y “temo que la fuerza me abandone”, “los sentimientos de agobio nublan mi razón”. Y dio por sentado de entrada que se estaba dando el adiós “a un gigante de nuestro país”, a “un ser extraordinario”, y que “a todos nos falta algo desde ayer”.

“Para describir a Jorge Carpizo faltan sustantivos y adjetivos”, continuó diciendo sin ahorrarse ni unos ni otros. “Fue un referente, un líder, un guía y un ejemplo a quien vamos a echar de menos en los grandes momentos del país”. “Su vida fue extraordinaria”, fue “un mexicano excepcional” y “siempre dispuesto a encabezar causas justas”, “un hombre honesto y honorable” y “un ejemplo de probidad”.

Y de todo esto, que sobraría para llevar a Carpizo directamente y sin demora a la Rotonda de los Hombres Ilustres, el rector solo pudo aportar dos endebles ejemplos: la memorable ocasión en que aquel fue designado ministro de la Suprema Corte de Justicia y para ello, en lugar de pedir licencia, renunció a su plaza universitaria de investigador. Y la otra cuando, “joven y sin que le sobrara el dinero”, al recibir un aumento de sueldo por concepto de su antigüedad como académico, consideró que dicho aumento le correspondía únicamente en tanto que profesor y solicitó que le fuesen descontadas las cantidades monetarias que se le habían entregado como investigador. A pesar de la distancia astronómica entre los ditirambos vertidos y las pruebas aportadas como sustento de ellos, Narro Robles se creyó autorizado a emular los lamentos de orfandad y desamparo desplegados a propósito de Monsiváis: “¿Qué vamos a hacer sin sus consejos y sin sus propuestas? ¿Qué vamos a hacer sin su lucidez y determinación?”.

Se trata de ejemplos tomados al azar, pero cualquiera desde su propia experiencia y su propio entorno podría dar testimonio de muchos más. Quizá se trate de algo inherente a eso que algunos llaman la condición humana, pues no ha cesado de reproducirse por más que ante ello se hayan plantado desde el refranero (“En la vida no me quisiste, en la muerte me plañiste”) hasta escritores y filósofos como un comedido Voltaire (“A los vivos se les debe respeto, a los muertos nada más que la verdad”) y el duro Chéjov, quien sin pelos en la lengua confesó que enterrar a algunas personas constituye un gran placer. (6)

Para acercarnos así sea un poco a la comprensión de este insondable misterio de la muerte como beatificadora universal, como acrecentadora automática de la talla y del intelecto, como un evento fortuito —e inevitable por lo demás— que borra todo pecado, toda ruindad, toda tropelía y toda mediocridad, podemos acudir humildemente al diccionario, pero no al DRAE ni a la Enciclopedia Británica sino al satánico del ya citado Ambrose Bierce.

Ahí encontraremos la definición de “panegírico” como el “elogio de una persona que tiene las ventajas del dinero o del poder; o que ha tenido la deferencia de morirse”, y también la de “político”: “Anguila en el fango primigenio sobre el que se erige la superestructura de la sociedad organizada. […] Comparado con el estadista, padece la desventaja de estar vivo”.

Porque no cabe duda de que así dan ganas de morirse, y ahora por fin comprendo aquellas coplitas y estrambotes de los que daba cuenta en el Quijote la condesa Trifaldi, por otro nombre conocida también como la dueña Dolorida:

Ven, muerte, tan escondida,
que no te sienta venir,
porque el placer de morir
no me torne a dar la vida.

28 de septiembre de 2021

** Las imágenes fueron tomadas de Internet.

* Historiador por la UANL e integrante en su momento de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Su libro más reciente: El universo intelectual en el entorno de las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier (2018).


P. S. Por si acaso resultase necesario para algunos explicitar lo evidente, dejo solemnemente asentado en este añadido que no hago escarnio de los muertos sino de los vivos (vivos en más de un sentido). Ni yo soy dado a derramar endechas para la galería —pues el dolor de la pérdida es fundamentalmente un asunto íntimo y personal, y no una ocasión para simularlo en público—, ni la inmensa calidad de mis amigos fallecidos lo necesita. De modo que de mi parte solamente podría decir, y lo digo, lo mismo que ya expresó Séneca hace un montón de siglos: “A mí el recuerdo de los amigos difuntos me resulta grato y suave, pues los tuve igual que si los hubiera de perder y los he perdido como si aún los tuviera”. (7)


1. Ambrose Bierce, Diccionario del diablo, voz “Epitafio”.

2. “… ch’i’cadrò morto a terra ben m’accorgo: ma qual vita pareggia al morir mio?”. Luigi Tansillo en De gli eroici furori, obra de Giordano Bruno.

3. Sebastian Brant, La nave de los necios.

4. Voltaire, Diccionario filosófico, voz “Antropófagos”.

5. Jeremy Bentham, Tratado de los sofismas políticos.

6. Antón Chéjov, Cuentos de Chéjov. En este caso se refería específicamente a un tal Belikov, personaje del relato “Un hombre enfundado”.

7. Lucio Anneo Séneca, Epístolas morales a Lucilio.

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