Un verano en casa para re-descubrir el trabajo a distancia / Por Libertad Chavez-Rodriguez

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Entre tantos males y cambios, la pandemia nos trajo a buena parte algo que deseábamos tanto y que ya no sabemos qué hacer con ello ahora que llegó para quedarse: Quedarse en casa, quedarse en casa por un tiempo, quedarse en casa por un tiempo incierto, ¿quedarse en casa para siempre? ¿O hasta cuándo? Al menos en los sectores educativo y académico en México, una vuelta a las actividades presenciales como las conocimos parece trascender el verano en casa que tenemos enfrente. Las reflexiones que ofrezco a continuación están basadas –además  de en mis experiencias propias desde marzo– en ideas y propuestas más o menos preliminares vertidas en conferencias y artículos de reconocidas académicas, expertas y periodistas sobre los efectos de la pandemia en la vida cotidiana, el trabajo y el sostenimiento de la vida a través del cuidado y el trabajo reproductivo, en su mayoría con abordajes feministas y desde el reconocimiento de las desigualdades sociales entre personas.[1]

Las cifras recientes de contagios de COVID-19 en México son preocupantes. Tras las primeras semanas de vuelta a la normalidad, con la llamada “nueva normalidad” y la introducción de un sistema de semáforo por municipios y estados, pareciera que hemos relajado demasiado las medidas de distanciamiento físico, desinfección y protección contra el contagio. Parece que nos cansamos de lavarnos las manos, de usar gel anti-bacterial, de llevar cubrebocas y caretas transparentes. Pero sobre todo se hace notar el cansancio del distanciamiento físico y del sedentarismo del confinamiento voluntario tras los meses de la campaña mexicana “Quédate en casa” orientada a reducir la velocidad y el número de contagios.

En los últimos meses, los países –y los gobiernos estatales como en el caso mexicano– enfrentan la complejidad de decidir cuándo y cómo levantar la cuarentena, de definir qué actividades son esenciales o no, con medidas de reapertura económica que en ocasiones han tenido que revertirse o limitarse para evitar el colapso de los sistemas de atención de la salud y mayores pérdidas humanas[2]. Mientras tanto, las empresas, bancos y organizaciones, sobre todo de servicios y de corte tecnológico, debaten sobre las ventajas y desventajas del trabajo a distancia, a la par que reorganizan sus actividades y recursos ante las condiciones impuestas por la pandemia. La flexibilidad del trabajo, la reducción de los espacios de trabajo necesarios y la posibilidad de contar los mejores talentos a distancia, se contraponen a la pérdida de control sobre los tiempos y formas de trabajo, y a la imposibilidad de las sinergias del contacto presencial que incentivan la creatividad, la innovación, el compromiso con la empresa y el espíritu de equipo. El llamado “teletrabajo” tiene una historia controvertida y grandes empresas tecnológicas y financieras como Best Buy, Yahoo y Bank of America, por mencionar algunas, habían dado marcha atrás a sus programas de teletrabajo antes de la pandemia[3].

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Quedarse en casa. Foto: Libertad Chavez-Rodriguez

Desde la perspectiva de las personas que trabajan desde casa, las ventajas más visibles como la reducción de los tiempos de traslado al trabajo, la flexibilización de los horarios y dinámicas de trabajo y de actividades privadas, los aparentes mayores tiempos de ocio, se diluyen frente a los retos que impone el teletrabajo en la situación de la pandemia: el desdibujamiento de los límites entre lo laboral y lo privado, la redefinición y organización de lugares y tiempos de trabajo (remunerado y no remunerado), estudio, ocio y esparcimiento en los hogares, y sus implicaciones en la reorganización de las dinámicas cotidianas por el confinamiento de prácticamente todos sus integrantes.

La experiencia de estos meses ha hecho visible y palpable en nuestros cuerpos el rol preponderante de los trabajos de cuidado, regularmente no remunerados, en la situación de excepción, anormalidad, carencia y desorden que implica un fenómeno como la pandemia por COVID-19. Si bien el confinamiento visibiliza el trabajo no remunerado, no implica necesariamente su redistribución o su repartición igualitaria entre hombres y mujeres, lo que significa un incremento de las cargas de trabajo no remunerado para las mujeres, quienes en su mayoría asumen el exceso de actividades y tareas. Basta echar un vistazo al número de horas semanales que las mujeres destinan al trabajo no remunerado y de cuidados, calculado en 2017 en promedio en 76.7 horas a la semana, mientras que los hombres le dedican únicamente 23.3 horas a la semana[4]. Por ello, lamentablemente, el confinamiento por la pandemia hace esperar una acentuación de la desigualdad en el uso del tiempo dedicado al trabajo no remunerado, con altos costos sociales en términos de autonomía y acceso a oportunidades de mujeres y niñas, en su calidad de vida y en la interrupción de sus proyectos de vida.

La realización continuada, sin excepción y en paralelo de trabajos como la crianza, la supervisión de clases, tareas y compromisos escolares en modalidad virtual[5], el cuidado de adultos mayores y personas enfermas (dentro y fuera de los hogares, incluyendo la movilidad relacionada con el cuidado), y en general la reorganización de la vida diaria y el restablecimiento de la cotidianidad, se vuelven críticos en términos de salud física, pero también de salud emocional y afectiva (trabajo afectivo), y son, en definitiva, tareas clave para el bienestar, la continuidad de la formación profesional y el sostenimiento de la capacidad productiva de todos los miembros de un hogar. María Ángeles Durán, socióloga especializada en el análisis del trabajo no remunerado, señala que aunque adultos/as mayores e infantes sean “los grandes consumidores intensivos de cuidado…, en términos de volumen la mayoría de cuidado lo consume la población de edad intermedia, entre los 15 y los 65 años. Los sanos y fuertes liberan su tiempo disponible cuando cuentan con la garantía de que su hogar estará limpio, la alimentación equilibrada y las relaciones familiares mantenidas. Alguien se ocupará de ello, pero no alguien abstracto, sino un nombre concreto, generalmente alguien con nombre de mujer” (Durán, 2020).[6].

También el trabajo doméstico se incrementa y dificulta en las condiciones de confinamiento. Las tareas básicas de provisión de insumos, agua y alimentos, preparación de alimentos, higiene personal, limpieza del hogar, lavado de ropa, entre muchas otras, se intensifican y diversifican por la presencia ininterrumpida de los integrantes de los hogares, adaptándose a las nuevas condiciones y a las nuevas tareas que se suman a las ya existentes, tales como la reorganización de tiempos y espacios en la vivienda, la adquisición de alimentos e insumos, y las medidas de limpieza y desinfección de objetos y superficies para reducir el riesgo de contagio. Todo ello implica mayores esfuerzos, mayor desgaste emocional, y mayores recursos de tiempo para las mujeres. Además, la reorganización se da muchas veces en condiciones de hacinamiento en las viviendas y de falta de acceso a dispositivos y conexiones virtuales de algunos o todos los integrantes de los hogares, la llamada brecha digital[7]. En este sentido, la pandemia también refuerza y visibiliza las desigualdades socioeconómicas, ya de por sí agudizadas por la interrupción o reducción de las actividades de producción y consumo en los mercados de trabajo formales e informales.

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Hacia el jardín. Foto: Libertad Chavez-Rodriguez

Finalmente, las tareas de cuidado, el trabajo doméstico y el trabajo afectivo están más activos que nunca en las condiciones impuestas por la pandemia, así como también los intercambios fuera de los mercados capitalistas –me refiero p.ej. a mecanismos de reciprocidad, trueque y voluntariado comunitario– tienen un dinamismo sin precedentes. Sin embargo, no es infrecuente escuchar que la economía está detenida o estancada. Al respecto, me parece importante resaltar que la proporción de la economía del cuidado a nivel nacional en el PIB, es decir el trabajo no remunerado que realizan mayoritariamente mujeres, es mayor que la aportación del sector manufacturero, representando en 2016 el 23.2%, lo que equivale a 4.6 billones de pesos[8]. La discusión sobre por qué seguimos considerando el trabajo de cuidado como improductivo, por qué sigue siendo cuenta satélite si es central y vital, rebasa el alcance de esta reflexión pero queda indudablemente en el tintero.

La ausencia de una redistribución de las tareas relacionadas con el trabajo de cuidado en los hogares está en relación directa con el arraigo y normalización de los roles de género en la división sexual del trabajo. Pudiéramos hablar de una auto-hiperexplotación de las mujeres al asumir, casi en automático, estas nuevas cargas a raíz de la pandemia, pero también de una “nueva normalización” de mandatos de género socialmente injustos relativos al trabajo, que son funcionales a los intereses de las estructuras de poder dominantes del capitalismo global y las relaciones heteropatriarcales, al apropiarse de la totalidad del trabajo de cuidado sin remuneración alguna. ¿Es esta la nueva normalidad a la que apostamos durante y después de la pandemia?

Veremos este verano si la “nueva normalidad” implica nuevos acuerdos respecto a la redistribución menos inequitativa de los trabajo de cuidado, si somos capaces de imaginar y negociar nuevas masculinidades y feminidades para el cuidado, o si la nueva normalidad seguirá reforzando las injusticias e inequidades de género.

13 de julio de 2020

 

 

[1] Ver:

  • Género en tiempos de coronavirus, Conferencia de Esperanza Tuñón Pablos (16 de Junio, 2020). Ciclo de conferencias virtuales de COMECSO “Las ciencias sociales y el coronavirus”. Consejo Mexicano de Ciencias Sociales. https://youtu.be/Q4URgu7-Wx8
  • Postpandemia, viejas y nuevas normalidades: reflexiones sobre mejores formas de sociabilidad y habitabilidad Nueva normalidad (11 de Junio, 2020). Panel de reflexión organizado por CRIM-UNAM. https://youtu.be/NgumJKhw3Zc
  • Nueva normalidad + solidaria, justa, feminista, local, igualitaria (25 de Junio, 2020). Diálogo con María Ángeles Durán y Nadine Gasman Zylbermann. Webinar de INMUJERES.
  • Brechas de género: Desigualdades en tiempos de pandemia (4 de Junio, 2020). Conferencia de Martha Clara Ferreyra Beltran. Ciclo de conferencias virtuales de COMECSO “Las ciencias sociales y el coronavirus”. Consejo Mexicano de Ciencias Sociales. https://youtu.be/83PqpY33bp4

[2] BBC News (Redacción, 17 de Abril, 2020). “Como caminar sobre la cuerda floja”: la compleja decisión de los países sobre cuándo levantar la cuarentena y volver a la normalidad. BBC News. https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52319281

[3] Streitfeld, David (2 de Julio, 2020). La larga e infeliz historia de trabajar desde casa. The New York Times. https://www.nytimes.com/es/2020/07/02/espanol/negocios/trabajo-remoto.html

[4] Según la Cuenta Satélite de Trabajo no Remunerado de los Hogares de México para 2017 del INEGI.

[5] Debido a la suspensión de actividades educativas en todos los niveles de formación. Según cálculos de UNESCO (2020) para América Latina y el Caribe al menos 113 millones de infancias y adolescentes se quedaron en sus casas como parte de las medidas para prevenir la expansión del virus. En México el total de menores de 18 años que dejaron de acudir a sus centros educativos se estima en 37.5 millones. Fuente: UNESCO (2020). Abordando las dimensiones de género de los cierres de escuelas. Notas temáticas del Sector de Educación. Paris: UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000373379_spa

[6] Durán, María Ángeles (4 de Julio, 2020). En el mundo poscoronavirus tocará repartir los cuidados. El país.https://elpais.com/ideas/2020-07-04/en-el-mundo-poscoronavirus-tocara-repartir-los-cuidados.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

[7] De acuerdo a la ENDUTIH 2020 (Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de Información en los Hogares), en 2019 únicamente el 44.3% de los hogares en México disponía de una computadora y sólo el 56.4% contaba con acceso a internet. A las brechas digitales socioeconómicas se suman las brechas tecnológicas de género, generacionales y en zonas rurales. Ver: Pérez de Acha, Gisela (2018). Brecha Digital de Género en México. ¿De qué hablamos cuando hablamos de acceso? WWW Foundation, Sweden Agency for Cooperation, UN Women. https://www.derechosdigitales.org/wp-content/uploads/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-acceso.pdf

[8] INEGI (2016). Cuenta Satélite de Trabajo No Remunerado de los Hogares de México. México: INEGI.

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