Monterrey, su historia entre ciclones /Por Meynardo Vázquez

La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás.
Eduardo Galeano

El año 1611 sumó a la corta vida de Monterrey un par de tragedias que preserva su historia. Un año antes (1610) había muerto el gobernador y último fundador de esta ciudad, Diego de Montemayor, el viejo. Ese año del once, su hijo Diego de Montemayor, el mozo, conseguía relevarlo en el mismo cargo con el consentimiento del virrey de la Nueva España. Se desconoce cuántos días ejerció como gobernador, que no debieron ser muchos, pues en abril de ese año, el llamado Diego el mozo, también murió. En aquel momento, el teniente Diego Rodríguez, ejerció el cargo de justicia mayor del Nuevo Reino de León y a él correspondió solventar la segunda tragedia. La cual quedó registrada por el cronista Alonso de León así: [ese] año hubo una avenida en la cañada del ojo de agua, que derribó la mitad de las casas de la ciudad (…) resolvió el justicia mayor pasar [la ciudad] a la parte del Sur, por ser más alta que la del norte…

Tres manantiales formaban la cañada del ojo de agua que arrasó las viviendas de aquella rústica ciudad, la hondonada fue conocida como acequia de Los indios y río Santa Lucía. Su lecho o cause corría por la hoy calle de Juan I. Ramón prolongándose a lo que actualmente es el paseo Santa Lucía. Tenemos algunas imágenes de aquel entonces gracias al obispo Alonso de la Mota y Escobar que dejó una descripción donde se lee:

“Este reino […] aunque tiene mucha tierra y de muchas leguas de sitio, no hay en todas ellas sino un lugarcito de españoles de hasta veinte vecinos escasos que llaman la villa de Monterrey, […] la solían nombrar de Santa Lucía y hoy día la llaman así algunos, y aunque son dos nombres suponen la misma cosa. Los vecinos […] aún no tienen casas de adobes, sino de palizadas embarradas”

Aquel diluvio de 1611 no sólo modifico la incipiente traza urbana, sino la población toda, desde entonces el centro de la ciudad fue establecido donde hoy vemos lo que aún queda de él. La plaza mayor al centro. La iglesia parroquial, hoy catedral, al oriente frente a la plaza. Las casas de cabildo, hoy museo metropolitano al poniente. En las aceras norte (Corregidora) y sur (Hidalgo) tuvieron sus viviendas los principales colonizadores, encomenderos, mineros y estancieros que se arraigaron a esta ciudad pasando a ser con el tiempo parte de la primera elite de Monterrey.

A pesar del cambio a un sitio de mayor resguardo, veinticinco años después la ciudad volvía a padecer otra inundación, el testimonio del cronista dice:

“…el mes de septiembre del año de treinta y seis, parece se abrieron las cataratas del cielo y rompieron las fuentes de las sierras […] por ellas reventaron. […] el temor fue grande en este reino que […] los muchos ríos veían salir de madre, llevándose las arboledas de sus riberas; desgajándose de las sierras las peñas. Derribó todas las casas de Monterrey, causando pavor y miedo”.

Las lluvias y calamidades continuaron, hay registros de ellas los años 1642 y 1648, ocasionando graves daños en la ciudad, así como pérdidas humanas y materiales entre sus habitantes. Igualmente a lo largo del siguiente siglo existen múltiples referencias de repetidas inundaciones en Monterrey. Será hasta el gobierno de Simón de Herrera y Leyva (1795-1806) que se llevó a cabo la construcción de dos presas sobre el río de Santa Lucía, aunque el propósito principal de esta obra fue dotar de agua a las tierras del ejido de la ciudad, lo cierto es que controlaban las avenidas de agua protegiendo a la ciudad y sus pobladores de inundaciones repentinas y sus dos puentes permitieron el tránsito de personas y todo tipo de transporte sin riesgo alguno.

La presa de mayor embalse se llamó de la Purísima Concepción o Presa Grande, su cortina, puerta de desagüe y puente se construyeron sobre la hoy calle Diego de Montemayor, esta presa se extendía al poniente hasta la hoy calle de Zuazua, sus costados sur (Juan I. Ramón) y norte (5 de Mayo) se dice, estaban bordeados por frondosos árboles, quizá ahuehuetes, llamados sabinos aquí en Monterrey. La otra presa se le nombró de Nuestra Señora de Guadalupe aunque comúnmente se referían a ella como la Presa Chiquita. Su cortina, puerta de desagüe y puente se construyeron sobre la hoy calle de Escobedo, su embalse se prolongaba unos doscientos metros al poniente, hasta llegar, a la hoy calle de Guerrero.

Las dos presas en la parte superior punteadas y con las letras R y Q.

Años después se consideró que las presas eran los principales focos de propagación de las epidemias de fiebres palúdicas y cólera morbus que en 1803 y 1814 azotaron la ciudad y causando numerosas muertes, ante ello el obispo Primo Feliciano Marín de Porras ese año de 1814, decidió soltar el agua de las presas y con erario de su diócesis construyó nuevas acequias que siguieron abasteciendo las labores nuevas (tierras del ejido de la ciudad) y al pueblo Tlaxcalteca de N.S. de Guadalupe.

A pesar de tal medida las epidemias continuaron presentes en la ciudad aunque con menor letalidad, estuvieron activas en 1825, 1833, 1836, 1844, 1849, 1856 y la de cólera morbus en 1866. Debido a ésta se proyectó la obra de canalización del río de Santa Lucía a iniciativa del vicepresidente del consejo de salubridad, el doctor e historiador José Eleuterio González.

Dr. José Eleuterio González, Gonzalitos

Con las intensas lluvias las acequias se destruían y continuamente cambiaban de lugar, formándose pantanos, existían continuos reclamos a los vecinos quienes arrojaban toda clase de inmundicias al río, incluyendo los desechos de las matanzas. El jefe político de la ciudad integró una comisión para dicho proyecto de canalización, cuyo presupuesto requería poco más de 40 mil pesos, la obra estuvo asignada al ingeniero de la ciudad Isidoro Epstein. Sólo se lograron reunir 15,435 pesos, argumentando los vecinos cercanos al río que los principales beneficiados eran los accionistas del agua, a quienes no se les había asignado aportación. Con esos recursos la obra sólo pudo realizarse a medias, provocando los consabidos daños en época de lluvia.

En 1881 un nuevo ciclón estaría inundando la ciudad, el día 8 de octubre ocurriría las mayores afectaciones, pasada la tormenta las autoridades calculaban los daños en más de 13 mil pesos. Dos semanas después el recuento de los daños reportó 133 familias que perdieron su vivienda, los damnificados aportan a las autoridades largas listas de sus pérdidas, en ellas no se comenta de personas desaparecidas. Cuatro meses después, el 5 de febrero de 1882, las autoridades finalmente entregan apoyo a los damnificados, anuncian haber repartido ese día 5,925 pesos. Menos de la mitad de lo que la misma autoridad había calculados en pérdidas.

A raíz de esta última inundación se volvió a plantear el asunto de la canalización del Santa Lucía. Será finalmente en 1892 bajo el gobierno de Bernardo Reyes cuando las obras de canalización inician concluyéndose en 1895, después de eso la zona fue conocida como “el Canalón”.

La ciudad en plena expansión industrial y demográfica sufre una inundación más, preludio de la catástrofe que le espera. La prensa de la época escribió:

“el 14 de agosto de 1903, a eso de las once de la mañana llegó una tormenta que en momentos e intervalos ha durado toda la noche, en que entra en prensa nuestro periódico La Voz de Nuevo León. […] el lecho del río (Santa Catarina) que estaba seco, quedó en pocas horas lleno en su cauce, al fin salió de madre arrastrando en su ímpetu el puente de madera, que une la población con el barrio de San Luisito, la corriente llevaba diversos objetos sobre los que pudieron verse animales domésticos; varios jacales fueron arrastrados por él.”

Después de esta nueva desgracia, el gobierno de Bernardo Reyes pensó realizar un tajo en la loma larga a la altura de San Pedro, desviar por detrás de la Loma Larga parte del caudal del río y conducirlo, para que descargara en el Arroyo Seco y de allí al río la Silla. Se pretendía construir una serie de presas sobre el lecho del río Santa Catarina y con ello proteger a la ciudad. Sin embargo, de lo proyectado nada, nada se realizó. Mientras el país estaba al borde de la revolución, Bernardo Reyes se hallaba en pleno ocaso de su carrera política, Monterrey y su población, esperaban lo que es la peor de sus tragedias.

El 27 de agosto de 1909 un enorme ciclón arrasó gran parte de la ciudad, la tarde de ese día iniciaron las lluvias y se prolongaron todo el día siguiente. La noche del viernes 27, inesperadamente arribó una enorme creciente en el río Santa Catarina, saliendo de su curso y arrasando cientos de viviendas. El gobernador Bernardo Reyes no se encontraba en Monterrey. Su secretario de gobierno le envió un telegrama donde le dice:

“El viernes por la noche el río ha inundado gran parte de la población y barrio de San Luisito. Calcúlase mil vidas perdidas, lo material es incalculable. De manzanas enteras no quedó ni vestigio. Ayer nombróse junta de socorros, personas prominentes. Sr. Presidente remitió cincuenta mil pesos. Puente en pie, pero deteriorado. Río cambio de curso. Sólo usted podría levantar esto”.

Días adelante se contabilizaron más de cinco mil víctimas en Monterrey, a ellas se agregarían mil más de otros municipios de Nuevo León. Tan grave fue el desastre que en 1941 se decía en los medios: “En realidad aún no se ha podido recuperar de los daños materiales causados en 1909.”

La inundación de Monterrey en 1909: el río Santa Catarina y los restos del Puente San Luisito

En 1938 la ciudad padecería una inundación más. El gobierno de Bonifacio Salinas Leal (1939-1943) promete librar a Monterrey del peligro de las avenidas del río Santa Catarina para ello presentó su plan llamado Obra Defensa de Monterrey. Se pretendía realizar el viejo proyecto de lograr desviar el río por atrás de la Loma Larga. Regularizar el caudal del río mediante presas de montaña escalonadas en la cuenca de captación. Y la rectificación y mejoramiento del río en el tramo que atraviesa la ciudad.

La Asociación de Ingenieros y Arquitectos de Monterrey, tenían el encargo no sólo de la obra, sino también de urbanizar los terrenos que se rescatarían con motivo de la obra, la opacidad se hace presente en el proyecto y los intereses particulares aletargan que el proyecto se concretice, el gobierno de Salinas Leal termina sin concluir lo planeado.

A partir de aquí el tema de la canalización del río abre otras interrogantes. Cuál fue el destino de los terrenos ganados al río Santa Catarina, pues al alinearse muchas hectáreas quedaron disponibles y se urbanizaron. Y qué papel desempeñó la referida Asociación de Ingenieros y Arquitectos en el tema de la urbanización de los terrenos? Son preguntas sin respuesta.

Finalmente la alineación y canalización del río concluyó en el gobierno de Morones Prieto (1949-1955). Después de ello surgieron sobre el río multitud de puentes interconectando la ciudad.

Los ciclones no han dejado ni dejarán de afectar la infraestructura de la ciudad y a su población. Una larga lista de ellos (Beulah, Gilberto, Alex, Hanna, etc.) están en nuestra memoria por los daños causados y los amigos desaparecidos entre sus aguas. Continuamos constatando que la obra pública se proyecta y tarda siglos en realizarse. Y si no luce, menos se realiza. La presa el Cuchillo fue promesa de campaña de Lázaro Cárdenas en 1934, y se realizó cincuenta años después.

El proyecto de las presas de montaña escalonadas en la cuenca de captación del río Santa Catarina se viene planeando desde la época de Vidaurri. Refrescó el proyecto Bernardo Reyes y después Bonifacio Salinas Leal. Desde este último intento pasaron más de 60 años para que se construyera la primera presa llamada Rompepicos.

Parecería que es más redituable para los políticos y los corporativos de la construcción que la ciudad y sus habitantes sigan padeciendo desgracias, que remediar de una vez por todas, la regulación de las avenidas del río Santa Catarina.

12 de octubre de 2020

**Imágenes tomadas de Internet

Para leer más:
Historia de Nuevo León. Con Noticias sobre Coahuila, Tamaulipas, Texas y Nuevo México, escrita en el siglo XVI por el Capitán Alonso de León, Juan Bautista Chapa y el General Fernando Sánchez Zamora. Monterrey 1980.
Historia del Nuevo Reino de León (1577-1723), Eugenio del Hoyo. México 1979.
1810-1910. Un Siglo de Monterrey. Isidro Vizcaya Canales. Monterrey 2010.

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