Y las personas ¿A quién le importan? / por Efrén Sandoval Hernández

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Desde la comodidad de su hogar, una mujer envió un mensaje a su grupo de whatsapp de vecinos de su colonia. Preguntaba en dónde podía denunciar a un hombre que, sobre sus hombros, hacía bailar a una pequeña niña para pedir dinero en un crucero. La mujer dedujo que la niña era la hija de ese hombre, y además juzgó que lo que él hacía era algo que estaba mal. Minutos después un vecino le contestó que podía denunciarlo en el DIF. Ella le contestó: “Gracias. Ya lo denuncié”. ¡Impresionante!

Por todos lados veo violenta intolerancia: en Ecuador, en Chile, en México, en el congreso de Nuevo León, en las redes sociales, en mi círculo más cercano de amistades: “indios ladrones”, “jóvenes violentos”, “chairos y fifis”, “mujeres asesinas de bebés indefensos”, “homosexuales enfermos”, “vendedores ambulantes peligrosos”, “gente ignorante”. Ninguno es persona. Su único derecho es ser juzgados y sujetados en una condición de la que difícilmente saldrán pues de ello se encarga un dispositivo legal y moral que ahora funciona “desde la comodidad de su hogar”.

Y a veces me dan ganas de gritar y otras de argumentar, y a veces intento hablar pero pronto me doy cuenta de que no se quiere escuchar ni mucho menos entender. Al final, me asombra (y me molesta) la sistemática incapacidad por ponerse en el lugar de otro, de aceptar, de escuchar, de callar, de reflexionar o, ya de perdis, de concederle el beneficio de la duda. Y es que, más que como imposibilidad, la intolerancia aparece como decisión y por tanto como cinismo: no soy intolerante porque no pueda ser lo contrario, sino porque puedo serlo.

Y en medio de tanta intolerancia, algunos andan con la novedad de “la naturalización de la violencia” porque de pronto los espantó el uso de las armas, pero se olvidan de que, antes del uso de las armas hay muchas otras violencias naturalizadas por generaciones. La violencia armada es la máxima expresión de muchas otras violencias, pero sólo por su capacidad letal, fulminante y eficiente: mata en un instante, desaparece, termina, cesa, finiquita, liquida. Otras violencias dejan permanecer, estar, deambular, pero, ¿en qué condiciones? ¿Es tratado como humano aquel que es discriminado, olvidado, expoliado, explotado, subestimado, ignorado, criminalizado, vendido, desaparecido? En la base de muchas otras violencias está la no aceptación del otro ya no digamos como diferente sino como persona. Esas violencias también matan, en algún grado, a la persona. Así es que, de alguna manera, todos somos asesinos cuando actuamos violentamente pero, ¿por qué lo hacemos con tanta naturalidad? En parte, creo, porque más que no ponernos en el lugar del otro, hemos dejado de ver al otro, a muchos otros, como personas, es decir, como individuos que existen, que tienen una vida.

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Violencia obstétrica. Foto: Milenio

En su propuesta en favor de una “antropología existencial”, el antropólogo Albert Piette sugiere que la antropología, al igual que el resto de las ciencias sociales, se dedica a analizar relaciones; en este marco, esta disciplina no observa a los individuos sino a las relaciones en las cuales aquellos están involucrados (sea como participantes, sea como constructores de ellas). Piette propone una antropología que, en lugar de estudiar las relaciones estudie al hombre con hache minúscula, es decir, al individuo, a la persona en cuanto que ser que existe. Claro que esa persona no existe de manera aislada sino que se hace en las relaciones sociales, pero de estudiar esas relaciones ya se encargan las demás disciplinas. Si la antropología, por ejemplo, se dedicara a estudiar a la persona tal y como lo indica su nombre, insiste Piette, en lugar de hacer etnografías haría antropografías, y dirigiría su mirada hacia un individuo, hacia una persona en cuanto que existencia, en cuanto que un ser que vive en medio de muchas cosas, incluyendo las relaciones sociales, y le daría prioridad a la complejidad ser, de estar, de vivir, de existir. La gente, dicho de otro modo, vive en las relaciones sociales y la antropología existencial se interesaría por el vivir y el estar, más que por el hacer.

La reflexión de Piette me hace pensar en la ausencia de la persona cuando usamos la categoría indígena, joven, chairo, fifi, mujer, homosexual, pobre, negro y muchas otras. Esas categorías parecen haber dejado de hablar de una persona, y más bien parecieran referirse a una cosa. Así, resulta más fácil discriminar y violentar no a una persona sino a una cosa. Y tal facilidad se multiplica en un mundo en donde la realidad se nos presenta mediatizada a través de dispositivos tecnológicos. A través de la pantalla de un celular, por ejemplo, la distancia entre el observador y cada individuo que forma parte de una categoría aumenta considerablemente y entonces disminuye la posibilidad de la empatía. En este marco, me resulta muy fácil, desde la comodidad de mi hogar y teniendo como medio a mi televisión, a mi computadora o a mi teléfono inteligente, juzgar, acusar o criminalizar a quienes ya no me aparecen como personas sino como cosa en la forma de amenaza, suciedad, desorden, ignorancia, salvajismo, inmoralidad, simple perturbación o incomodidad.

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Criminalización de la pobreza. Fuente: Centro PRODH

 

¿Qué significa aquella niña para aquel hombre? ¿Qué significa aquel hombre para aquella niña? ¿Qué pasará en la vida de aquella niña y de aquel hombre después de que el sistema carcelario del DIF los separe? ¿A quién le importa?

28 de octubre de 2019

** Imagen de Portada. Fuente: El Rapto de Core

One Comment

  1. Creo que una de las razones es que somos demasiados los seres humanos y que casi todos le damos demasiada importancia al dinero, lo mismo como personas que como culturas…

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