Políticas de la búsqueda / por Ignacio Irazuzta

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Escribo estas notas a punto de marchar a un congreso de ciencias sociales en México. Voy allí a participar en una mesa que reúne un conjunto de ponencias que hemos agrupado bajo el título “La violencia desde la experiencia de sus víctimas” y llevo yo un trabajo en el que analizo la búsqueda de familiares de desaparecidos en México. Intento defender la hipótesis de que la búsqueda hace a la condición de desaparecido en cuanto a la significación social y política de la desaparición. Es decir, buscar a una persona desaparecida es reclamar su existencia sustraída, demandar sobre su “derecho a la identidad” usurpado. Buscar es por tanto una crítica fundamental hacia el pacto político que nos constituye como sociedad y, principalmente, hacia quien ha de asegurar la existencia de los individuos que forman parte de ella, el Estado. La búsqueda es, por tanto, -sostengo en ese trabajo- una práctica política de resistencia.

Con esa ponencia en mente, y con el inconformismo intelectual hacia uno mismo que suele ser habitual en los momentos previos a esas exposiciones públicas, la semana pasada, los medios de comunicación españoles se colman con la noticia de una desaparición que, en principio, uno como lector clasifica mentalmente como información de “sucesos”, es decir, apolítica. Pero la reiteración noticiosa, sobre todo a partir del infortunado hallazgo del cadáver de la persona desaparecida, corroe pronto el prefijo “a” haciendo que el caso desborde políticamente.

 

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Despliegue de búsqueda gubernamental y civil en Andalucía. Foto: El País.     Portada: Brigadas familiares de búsqueda de niña de 5 años desaparecida en 2015 en San Luis Potosí. Foto: Marcos Vizcarra-IPS

Aquí van los detalles de la desaparición de Gabriel: Gabriel era un niño de ocho años. Desapareció el 27 de febrero en un pueblo cercano a Almería. Desde entonces y por 12 días, la búsqueda ha sido incesante y colosal: “participaron cinco mil personas, de las que dos mil eran profesionales”, dice el Informe Semanal de TVE. El caso provocó un gran despertar de sensibilidad en la sociedad española, y puede que ello sea producto del detalle no menor de que la víctima era un niño: manifestaciones en reclamo por su aparición; por supuesto, estallidos en las redes sociales con el mismo motivo; declaraciones de toda la clase política y del gobierno que, también por supuesto, no dejarían pasar esa ola de sensibilidad social para mostrarse empáticos con lo que dicen representar.

MANIFESTACION MASIVA EN ALMERIA EN APOYO A GABRIEL CRUZ
“Todos somos Gabriel”. Foto: La Vanguardia

Y más política, de reverso de esa sensibilidad social ante un caso conmovedor: cuando el 11 de marzo la Guardia Civil halla el cuerpo sin vida de Gabriel se conoce que el niño había sido estrangulado y escondido por la pareja sentimental del padre de la víctima: una mujer de origen dominicano, negra, militante, como el padre de Gabriel, de Podemos, la fuerza política contestataria española. Más política, de la rancia: los medios de comunicación más conservadores y políticamente irresponsables, por supuesto también las silvestres redes sociales, no dejan de destacar esta combinación altamente combustible de prejuicio racial, xenofobia e intolerancia política sobrexponiendo desde ese cóctel rabioso la condena hacia la asesina. Y mucho más política, puesto que el suceso se correspondía en el tiempo con el debate en el parlamento de una propuesta de los partidos de oposición al gobierno de revisar la medida de la “prisión permanente revisable” –un eufemismo para la cadena perpetua- que el PP logró imponer en 2015 cuando era gobierno de mayoría absoluta. Para cerrar, también política, pero de la sensata y humana: las declaraciones de la madre de Gabriel llamando a aplacar los mensajes de odio y pidiendo que “no se extienda la rabia, que no se hable de esta mujer más y que queden las buenas personas”.

Nada tiene que ver la desaparición y la búsqueda de Gabriel con las búsquedas de desaparecidos en el México de los últimos años –el tema de mi ponencia- como no sea el dolor que moviliza hacia la búsqueda de un ser querido. Todo lo demás es diferente. Es diferente la onda expansiva de sensibilidad social de un caso y de los otros. Es diferente la cobertura de los medios de comunicación. Es diferente la disposición oficial hacia la búsqueda en ambos casos: los Guardias Civiles no han ocultado el llanto al tiempo de dar detalles de la investigación que condujo a la detención de la infanticida declarando “es que somos humanos”. Diferente es pues la distribución de humanidad en este caso y en los de México. Incluso es diferente, dentro de la misma España, la desaparición de Gabriel y la de los miles de desaparecidos durante la Guerra Civil, hacia los que el Estado español es histórica y reiteradamente renuente a propiciar su búsqueda.

¿Por qué pues la diferencia? ¿Por qué una búsqueda es oficial y colosal y las otras casi clandestinas, civiles, ruidosas pero sordas en su recepción social y política? ¿Por qué, parafraseando a Judith Butler[1], algunas desapariciones “merecen ser buscadas y otras no”? Las respuestas que atienden a un contexto y a otro pueden ser muchas y variadas y apuntarlas todas excedería las posibilidades de este espacio, pero me quedo con una que quizá pueda aportarnos un marco interpretativo general: dice Jacques Rancière que “la política es el reparto de lo sensible[2]. El enunciado es sencillo pero potente. Permite explicar la distribución diferenciada de humanidad entre unas víctimas y otras; permite entender el trabajo y el efecto del poder en esa distribución; y permite comprender el sentido político de unas búsquedas y otras: en unas como la de Gabriel, la política desborda, se sale de sí en el reconocimiento de humanidad; en otras como las del México actual, la política es lucha y resistencia por el reconocimiento de humanidad. Si es que las sociedades son mejores cuando los repartos son equitativos, será entonces que, en cuestión de distribución de humanidad, tenemos unas cuantas luchas por librar.

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No queremos una “verdad” fabricada bajo tortura: padres y madres de los 43. Foto: Centro PRODH

19 de marzo de 2018

 

[1] Butler, J. (2004). Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.

[2] Rancière, J. (2009). El reparto de lo sensible. Estética y política. Santiago de Chile: LibrosArces-LOM.

 

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