Intervención extranjera y división social / por  José Juan Olvera Gudiño

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El 24 de enero pasado el jefe de economistas del Banco Mundial, Paul Romer, renunció a su puesto en el organismo internacional tras la polémica desatada al denunciar que uno de sus indicadores perjudicaron al gobierno chileno de la socialista Michel Bachelet. Alteraciones durante los cuatro años del índice Doing Business que mide “la competitividad en el ambiente de negocios”, pudieron haber afectado a la presidenta. Doing Business es un indicador que mide o califica el entorno para hacer negocios en 190 países.

La BBC reporta que “el índice calificó de manera negativa a Chile en los últimos cuatro años, los mismos del gobierno de la presidenta, mientras que durante el mandato de Sebastián Piñera (2010-2014) el país sudamericano tuvo resultados positivos”. Romer reconoció que, detrás de estas actividades podrían existir motivaciones políticas y, según el diario argentino El Clarín, también pudieron haber beneficiado al empresario de la derecha Sebastián Piñera, quien ganó las elecciones en diciembre y tomará posesión el próximo mes de marzo. Es decir, que esos indicadores le pudieron ayudar a regresar al poder.

Cuatro días después el economista se vio obligado a desdecirse mientras renunciaba y el presidente del Banco Mundial, Jim Young Kim, ofreció rehacer los indicadores y permitir que entidades externas revisaran su nueva construcción. La presidenta chilena exigió una completa e inmediata investigación del hecho, mientras su ministro de economía, Jorge Gutiérrez Gro, la llamó “una inmoralidad pocas veces vista”. Ciertamente el indicador afectaba no sólo a Chile sino también a otras naciones que se medían con el mismo indicador. Pero si uno revisa la prensa internacional, parece reconocerse que sólo Chile es el perjudicado.  Lo cierto es que tampoco quedó claro si las cifras se alteraban en Washington o en Chile.

La imagen de un poder transnacional que obedece a las economías hegemónicas, ejerciendo influencia para dañar políticamente a una facción u opción de gobierno en un país latinoamericano, ha quedado dando vueltas en mi cabeza por varias razones:

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Discurso del Presidente Salvador Allende en el Día del Trabajador (1º de Mayo de 1971). Foto: Aportes a la crisis        Foto Portada: Michelle Bachelet en su oficina

La primera de ellas es pensar en un Chile al que –haciendo un lado la historia pasada- le modificaron su destino desde 1971, cuando la Central de Inteligencia Estadounidense (CIA) orquestó un sangriento golpe de Estado, llevado a cabo por militares chilenos, contra el gobierno socialista de Salvador Allende. Más de cuatro décadas después observamos nuevamente la posibilidad de intervenir en sus asuntos internos, con la supuesta intención de perjudicar a otro gobierno socialista.

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Kissinger felicita a Pinochet después del golpe militar de 1973. Foto: Misión Verdad

La segunda razón es que ambas propuestas llegaron al poder por la vía de las urnas. Aunque el de Salvador Allende era un gobierno más radical que el de la socialdemócrata Michelle Bachelet, llegar al poder por la vía electoral desde la izquierda tenía sus méritos en los años 70. La razón era el diverso número de experiencias latinoamericanas, la mayoría infructuosas, para hacerse de él por medio de la violencia. Esto, por cierto, se usaba y se usa como propaganda para atemorizar a otras sociedades urbanas y rurales latinoamericanas. En caso de que se confirmaran estas manipulaciones habría que pensar entonces que el hecho de que Bachelet llegue al poder a través del voto popular y ofrezca un programa mucho menos radical no es suficiente para los intereses estadounidenses que, aunque son hegemónicos en la región, hoy ya no son los únicos.

La tercera y más importante razón es la fuerte división de la sociedad chilena y de su clase política. Previa y, sobre todo, posteriormente al golpe, los chilenos han estado marcados por fuertes diferencias respecto de lo que quieren o se imaginan como nación. En todo caso, esas divisiones políticas suelen ser aprovechadas por poderes hegemónicos para echar a andar o concretizar sus intereses.

Mi percepción es que México sufre también de profundas, dolorosas, preocupantes divisiones sociales y políticas. La fuerte penetración del poder económico transnacional ha acentuado estas divisiones y nos coloca dentro de la órbita de los países controlados por las instituciones del capitalismo neoliberal. Sorprende el trato condescendiente que ciertas agencias y gobiernos internacionales dan al gobierno mexicano, ante las apabullantes y descarnadas cifras que la violencia ha dejado en nuestro país. Esas mismas instituciones, que minimizan nuestra tragedia, estarían poniendo el grito en el cielo y llamando a la renovación urgente del poder, si éste fuera otro gobierno.

Todo lo anterior resulta preocupante y francamente descorazonador.  ¿Significa que en México ni si quiera se permitiría el funcionamiento de la democracia burguesa? AMLO va ganando en las encuestas. Su programa es socialdemócrata. Los cambios que propone son importantes, pero no son radicales. Podría llegar al poder a través de las urnas. Si eso es así, me pregunto cómo enfrentará intervenciones como las arriba referidas y, sobre todo, cómo hará frente a la división social y política.

15 de febrero de 2018

 

REFERENCIAS:

“World Bank Unfairly Influenced Its Own Competitiveness Rankings”. The Wall Street Journal

“El Banco Mundial alteró la calificación de Chile durante el Gobierno de Bachelet”. El País.

“El economista jefe del Banco Mundial renuncia por el escándalo con Chile”. El País.

 

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