México y América Latina, “vivir con lo nuestro” /por Juan Fernando Regalado*

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En perspectiva de largo plazo, y en varios momentos del siglo XX, México se posicionó como impulsor con un proyecto político de alcance latinoamericano. Contribuyó a configurar una América Latina como unidad social y política en nuevos términos y como ejemplo concreto. Tal vez sea oportuno recordar brevemente al menos unos pocos capítulos en esa memoria política.

México suscitó políticas de articulación a nivel continental. Son destacables acciones internacionales, por ejemplo, la llamada “Doctrina Estrada” o Doctrina México que desde década de 1930 enfatizaba el respeto a soberanías nacionales frente a la injerencia de potencias internacionales, a la vez que alentaba una política de asilo. En ese contexto es explicable la acogida a centenas de exiliados políticos y la negativa a romper relaciones exteriores con Cuba. Otras iniciativas mexicanas consistieron en fortalecer las economías internas. Recordamos “asesorías” en política económica que, por ejemplo, efectuó Gómez Morin en 1937 en varios contextos latinoamericanos, caracterizados por aguda confrontación política, caos financiero y bajo un sistema volcado enteramente hacia mercados externos. O el apoyo otorgado por técnicos de la Escuela de Agronomía de Chapingo en los años de 1960.[1] Especiales puntos altos fueron la crítica realizada junto a Ecuador y Perú en 1932, frente a la persistencia de la Doctrina Monroe y el planteamiento mexicano de moratoria a la deuda externa en 1933, aun con la oposición argentina. Durante la Conferencia Internacional Americana efectuada en Montevideo, México argumentó crear una “organización” que permitiera renegociar deudas ante el ‘comité de banqueros’, por entonces el mecanismo prestamista global, e impulsó la negociación en común de una “moratoria”.[2]

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Reforma agraria en Ecuador. Foto: La Línea de Fuego
Portada: Primer Congreso Indigenista Interamericano, 1940. Foto: AGN.

Otro capítulo ha sido la lucha por un estado social laico, garante en la organización y redistribución de bienes públicos. Si por varios medios, y en asombrosa circulación de noticias para la época, se difundían imágenes estereotipadas sobre la revolución mexicana y otras alarmantes acerca de una persecución a la Iglesia, no se pudo ocultar para América Latina el significado del proceso revolucionario alrededor de 1910. Ese movimiento social de envergadura y profundidad instaló sin reserva la atención sobre condiciones en el agro y una transformación social con base en el mayoritario mundo campesino frente al poder terrateniente. Luego, se conoció el valor político civil de lemas tales como “sufragio efectivo, no reelección”. Incluso programas de educación pública y “educación rural” (entendida como “agente social real”) creados en contexto de la revolución, calaron hondo en varias zonas del continente. Varios antropólogos mexicanos acogieron creativamente propuestas que por entonces habían generado Franz Boas y otros acerca de la diversidad humana y el valor de la multiplicidad cultural indígena del continente. Entre otros, el regiomontano Moisés Sáenz recorrió los Andes y parte de Centroamérica en 1931 activando tal proyecto de educación rural y generando abundantes estudios.[3] Ahí se entiende el proyecto y pensamiento indigenista mexicano como proyecto real desde abajo que entre otros aspectos criticaba el modelo integracionista norteamericano. Incluso la noción “mestizaje” fue entendida como “síntesis y conjunciones” frente a modelos ajenos.[4] México organizó el Primer Congreso Indigenista Interamericano (Pátzcuaro, 1940) en donde se configuraron algunas de las principales políticas públicas de cambio social que, aun en cuestionamiento, perduraron durante buen tiempo sin retroceso. El mismo Instituto Indigenista Interamericano (México, 1941) durante al menos unos treinta años fue sede de importantes reflexiones (entre otros, las del brasilero Cardoso de Oliveira) y con un comité académico que expresaba bien un frente continental. Entre los referentes sociales y políticos se encuentra el movimiento obrero que en 1942 llevó a Lombardo Toledano por América Latina, articulando internacionalmente organizaciones de trabajadores.

Finalmente, México en clave latinoamericana puede ser leído a partir de la producción en el campo cultural. Pasó a conocerse y valorarse todo género de producción artística mexicana que daba muestras de modificar el horizonte entonces arraigado a diversos niveles en marcos institucionales en ciernes y con algunos mecenas individuales, manifestando trabajo cultural conectado a dinámicas sociales, no enajenado. Junto a la creación musical y artes plásticas, causó impacto la literatura de los años de 1950… Rulfo, Paz: “en donde los deseos y terrores colectivos, ocultos e inconscientes, acceden por fin a lenguaje” (Villoro, 1960)…luego, Revueltas y Monsiváis. Forma cultural ahora “arraigada en nuestra vida, capaz de expresar a la comunidad, libre, sobre todo”, frente a una “cultura enajenada, divorciada de la vida, incapaz de convertirse en patrimonio colectivo”. Así se había planteado una producción cultural transformadora: apropiación de la cultura universal y producción propia que transforma “conservando en un nivel superior lo transformado”. Villoro establece un cambio de paradigma:

“si primero la mirada se dirigió hacia el mundo en torno, ahora se interioriza. Ya no tiende tanto a reflejar el mundo vivido cuanto nuestro modo de vivirlo […] ahora buscará la liberación de nosotros mismos. Porque descubrirá que las causas de enajenación se emplazan ahora en nosotros mismos: en un falso modo de vivir”.

En esa dirección, ciertos prejuicios sobre un denominado “nacionalismo” son desplazados por perspectivas más creativas. Si los “nacionalismos” pueden corresponder a un efecto de solipsismo y ensimismamiento, países latinoamericanos en realidad han presentado procesos con mayor complejidad dialéctica. Quizá expresiones tales como la de Cardoso y Faletto, sobre lo complejo de una “interiorización de lo externo”, y Aldo Ferrer, “vivir con lo nuestro” (“la globalización no elimina los fundamentos endógenos”) [5], puedan significar todavía y bastante al respecto.

18 de junio de 2018

* Dr. en Ciencias Sociales por FLACSO-Ecuador

 

[1] Entre otros, trabajos como los efectuados por Ramón Fernández y Fernández (1961). “Reforma agraria en el Ecuador”. Revista El Trimestre Económico, vol. 28, Nº 112. México: Fondo de Cultura Económica, octubre-diciembre 1961, 569-594. Y, Reforma agraria y crédito agrícola en Ecuador. México: Escuela Nacional de Agricultura, Universidad de Chapingo (1965). Según memoria de Bataillon, desde joven graduado en Chapingo, Fernández había tenido “responsabilidades tanto en el Departamento Agrario como en el Banco Ejidal […] su biblioteca personal era un tesoro sobre todas las realidades agrícolas y agrarias mexicanas” (Claude Bataillon. Un geógrafo francés en América Latina. México: El Colegio de México, 1991, p. 105).

[2] Robin King (1989). “Propuesta mexicana de una moratoria de la deuda a nivel continental”. Historia Mexicana, vol. XXXVII, Nº 3, 151. El Colegio de México, enero-marzo 1989, 497-522.

[3] Entre otros, los estudios sobre Ecuador y Perú (Sobre el indio ecuatoriano y su incorporación al medio nacional. Y, Sobre el indio peruano y su incorporación al medio nacional. Ambos publicados en 1933 en México: Publicaciones de la Secretaría de Educación Pública). Cfr. Arturo Warman (1976). Y venimos a contradecir. México: Ediciones de La Casa Chata.

[4] Luis Villoro, “La cultura mexicana de 1910-1960”. Historia Mexicana, vol. X, Nº 2, 38.  El Colegio de México, octubre-diciembre 1960, 196-219.

[5] F. Henrique Cardoso y Enzo Faletto (1969). Dependencia y desarrollo en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica. México: Siglo XXI Editores; Aldo Ferrer (2003). “Prólogo a la edición en español”, en: C. Furtado, En busca de un nuevo modelo. Reflexiones sobre la crisis contemporánea. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 7-11.

 

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