El mito de los capitanes de la industria. Prevalerse de un mercado local para su cerveza / por Meynardo Vázquez

 

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En náhuatl al maguey se nombra Metl. Agave de América, también  conocido como “árbol de las maravillas” nombrado así por el padre Acosta. Sus diversas especies  se han adaptado a todos los climas existentes en México. A lo ancho y largo de nuestro territorio el maguey  ha proveído por siglos a numerosos grupos humanos  de un finísimo hilo utilizado para tejer prendas de uso personal  y de trabajo. Del maguey se obtienen las bebidas de ritual, de celebración y remedios curativos: agua,  pulque,  vino mezcal, vinagre, aceite y miel se cuentan entre algunos de sus néctares.

Sus pencas verdes suavizadas al fuego siguen usándose  en la cocina para las barbacoas, agregando un toque especial a su sazón.  En algunas  zonas rurales las pencas del maguey se usan  para techar viviendas, secas éstas  se utilizan de combustible o leña.  En invierno  el quiote del maguey se tatema o se hornea y se vende como golosina en mercados y en vendimias de fiestas religiosas;  ese mismo quiote cuya altura alcanza hasta los cinco metros, al dejarse secar se utiliza en la región centro y sur del país como puntal de apoyo y soporte en las obras de construcción.

En las pencas tiernas del maguey frecuentemente grabamos con una piedrecilla puntiaguda, las iniciales de nuestro nombre y nuestra amada, que encerramos con una línea que dibujan un corazón, de allí la Ley del monte. El maguey  en México es referente en la poética, la música y las artes plásticas. Trasciende fronteras y lo encontramos desde el sur de los Estados Unidos hasta Colombia, Venezuela y Perú.

Aquí, donde hoy se asienta Monterrey y su área metropolitana, los habitantes originarios de estas tierras tenían al maguey como parte de su dieta; en 1649 Alonso de León escribió en su crónica sobre el Nuevo Reino de León: “Son tan extraños en el comer las gentes de este reino, (…) Las comidas generales suyas son, el invierno, una que llaman mezcale; que hacen cortando las pencas a la lechuguilla, y aquel corazón, con el principio de ellas, hacen en barbacoa. Dura dos días con sus noches en cocer; y aquel jugo y carnaza comen, mascándolo y chupándolo.”

A finales del siglo XIX,  los fotógrafos Desiderio Langrange y Jesús R. Sandoval, nos dejan de legado varias imágenes de los magueyales en el  barrio de San Luisito, hoy Colonia Independencia.  Las plantas que se aprecian en plena producción se contaban en por lo menos siete hectáreas, desde la hoy calle Querétaro que es continuación rumbo al norte de la calle Juárez,  hasta la calle San Luis Potosí,  que al norte  se conecta con la calle Zaragoza.

Hacia el poniente la plantación tenía otra configuración, abarcaba toda la Loma Larga desde la  actual calle Querétaro hasta más allá de la hoy Colonia Pio X es decir casi toda la Loma. La  presencia de esta enorme plantación de magueyes se conserva hoy día en el imaginario urbano regio, llamándose dos fraccionamientos de esta zona  El Maguey y Los Magueyales.

El arranque de la industrialización de la ciudad trastocó el consumo centenario del maguey y sus derivados.  El historiador don Isidro Vizcaya refiere en su libro Los orígenes de la industrialización de Monterrey 1867-1920, que con el desarrollo de la industria azucarera y de la producción de mezcal se establecieron algunos talleres que se dedicaban a la fabricación de alambiques. Comenta que fueron principalmente  los italianos quienes se dedicaron a la cobrería.  En los ochenta del siglo XIX  existía “La Garibaldi” de Carlos Piazzini y “La Gran Cobrería Italiana” de Vicente Amato, estos eran los principales productores de alambiques.

Casi a la par surge la producción de cerveza. Refiere Vizcaya que en Nuevo León se registra su elaboración desde 1866, y anota que en 1879 se ubicaban tres fábricas de esta bebida, aunque supone que debieron ser fábricas pequeñas y efímeras de duración.

En 1890 es fundada la Cervecería Cuauhtémoc por José Calderón, Isaac Garza, Joseph M. Schneider y José A. Muguerza, recibiendo  el 20 de diciembre  de aquel año  autorización para la fabricación de cerveza y hielo, y una exención de impuestos por siete años, iniciando actividades a fines de 1891. A mediados del siguiente año solicitaron una nueva exención, argumentando que su inversión había sido mayor a la inicialmente proyectada, el gobierno del estado les concedió una nueva exoneración por doce años más, sumando 19 años de exención de pago de impuestos.

La empresa obtuvo notables resultados económicos. La cerveza de la Cuauhtémoc lograba buena aceptación y en unos cuantos años en el mercado  ganó numerosos premios en exposiciones nacionales e internacionales. Un par de ellos: en 1906 gano Único Gran Premio en la Exposición de Milán, y Único Gran Premio en la Exposición Universal de Amberes  en 1907. En 1909 la cervecera tenía capacidad diaria para embotellar  300,000 unidades y producir 750 toneladas de hielo. Para entonces trabajaban en su planta 1,500 obreros.

Pese a tan largos números y sus premios de calidad, suponemos que la Cervecería Cuauhtémoc no tenía el mercado local ni de la ciudad de Monterrey, menos el de las poblaciones rurales  de Nuevo León,  donde el pulque era la bebida popular, solo así nos podemos explicar que en 1919 el Ejecutivo del Estado, léase el gobernador Nicéforo Zambrano,  estaría enviando al Congreso del Estado una iniciativa para prohibir la producción y venta de pulque en el Estado de Nuevo León.

El decreto 105,  del 19 de mayo de 1919, perseguiría a productores y consumidores de pulque.

El periódico El Porvenir que ese año de 1919 iniciaba sus actividades publicaba en una de

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“Cerveza para niños”, publicidad de 1925 / Portada: Foto Manuel M. López en Héctor J. Barbosa, Recuerdos de Monterrey.

sus páginas: Hoy 1º de julio cesará la venta de pulque en esta ciudad y en todo el Estado. Los contraventores incurrirán en severas penas. Nos felicitamos por esta acertada medida.” Y sí, el mismo periódico alienta la campaña contra consumidores  y expendedores de pulque. Las notas persecutorias abundarán en la página roja de la época prolongándose esta campaña de persecución, censura y desprestigio hasta el año de 1921.

El lado opuesto en el mismo periódico  es la publicidad de la cerveza Carta Blanca. En  páginas completas se anunciaba mostrando las copas rebosantes de cerveza espumeante y magnificando sus “virtudes  nutritivas” e “higiénica producción”.

Con este decreto fueron  sentenciadas a desaparecer  las plantaciones de maguey, no solo las de  San Luisito  y la Loma Larga, sino de todo el estado, acabando con la producción de pulque y  mezcal. Exención fiscal y leyes a modo, así no ha de ser tan difícil llegar a ser exitoso emprendedor.

Entonces jubilosos aparecieron nuevos productos, que con el ingenio de la época y el “esfuerzo empresarial” se propagaban primero a través de la prensa y poco después por la radio uno de ellos decía: De Cantineros y Clientes/ Desde Barón a Bartolo/ que el aguardiente Madero /por bueno se vende solo/ opina lo mismo el cliente/ negarlo fuera osadía/ bebed pues el aguardiente/ de Zambrano y Cía.”

Sólo faltaría a la publicidad de entonces el subterfugio que hoy los cura en salud: “¡Evita el exceso!

21 de agosto de 2017

 

Referencias:

– Joseph de Acosta, Historia Natural y Moral de las Indias. Historia de Nuevo León, con noticias sobre Coahuila, Tamaulipas, Texas y Nuevo México, escrita en el siglo XVII por el Cap. Alonso de León, Juan Bautista Chapa y el Gral. Fernando Sánchez Zamora.

– Ricardo Elizondo Elizondo, Polvo de Aquellos Lodos.

– Isidro Vizcaya Canales, Los orígenes de la industrialización de Monterrey 1867-1920.

– AGENL, periódico oficial y periódico El Porvenir.

 

 

 

2 Comments

  1. Excelente artículo, querido amigo. Un comentario: además de implementar legislación a modo y un favoritismo de las autoridades de la época hacia los empresarios cerveceros, hubieron de hacer éstos otras estrategias para que la población nuevoleonesa, acostumbrada al igual que la mayoría de los mexicanos de aquel antonces a las bebidas fermentadas de tendencia dulce como el pulque, los curados de frutas, el tepache, etc., fueran “acostumbrando” al gusto local y nacional a través del enfriamiento de la cerveza con hielo para atenuar su acento amargo. No en balde construyeron una fábrica de hielo a la vez que la cervecería. Así, y con el efecto “anestésico” del hielo sobre el paladar, fue cosa de muy poco tiempo que la cerveza se introdujo en los hábitos bebestibles de los regiomontanos del siglo XIX.

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