Aprender de los árboles / por Veronika Sieglin

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En julio pasado tuvo lugar en Hamburgo, Alemania, el encuentro del G20, el grupo de países con las economías más importantes del mundo. Durante un par de días los jefes de Estado discutieron los problemas de la economía mundial: el crecimiento económico, la distribución desigual de los ingresos, la  pobreza, el desempleo, el endeudamiento público, la migración internacional y la seguridad. Al final la anfitriona alemana, Angela Merkel, resumió los acuerdos logrados. Ratificó la importancia del libre comercio y de la inversión privada como motores del desarrollo y comunicó la disposición del G20 de combatir el hambre en África a través de proyectos de desarrollo y la  concesión de líneas de crédito. Sin embargo, insistió también que los diversos gobiernos africanos tienen que colaborar con los esfuerzos internacionales para poner a África en la senda de la prosperidad y el bienestar: abriéndose al libre comercio, facilitando la inversión  extranjera y comprometiéndose con una estricta política de austeridad.

El G20 propuso pues combatir el hambre, la pobreza y la destrucción del hábitat de millones de africanos con las mismas políticas y acciones que han causado estos males y que también son responsables del hundimiento socioeconómico de Grecia, los estados balcánicos, Italia, España, Portugal e Irlanda y no se diga de México y muchos países latinoamericanos. A pesar de los innumerables estudios que han documentado el fracaso y el sinsentido de las políticas neoliberales en cuanto desarrollo, igualdad y bienestar sociales, la élite política y económica global mantiene el mismo discurso de antaño como si se tratara de una cajita milagrosa e innovadora.

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En Hamburgo contra el G20  /  Portada: Salvador Dalí

Si bien no es de sorprenderse que quienes hayan gozado de las mieles neoliberales vayan a defender este sistema de organización societal, resulta verdaderamente trágico que sus muchas víctimas, tanto en Alemania como en otras partes del mundo –trabajadores mal pagados, desempleados, jóvenes sin perspectiva de tener un trabajo estable, amas de casa quienes trabajan algunas horas por mes por un sueldo tan bajo que ni siquiera causa impuestos, jubilados y pensionados –, compartan este mismo credo político. Despolitizadas y sin un marco de referencia que les posibilite comprender la lógica destructiva de la libre competencia, terminan por apoyar y defender la lógica del ‘ahorro’, de formas grotescas de explotación laboral, de la renuncia a derechos sociales conquistados y de los recortes a la infraestructura social pública. Aseguran que el muy carcomido Estado de bienestar sólo favorece a gente parasitaria y externalizan la preocupación que los hijos de estos ‘abusivos mantenidos’ vayan a seguir las huellas de sus padres. El credo neoliberal y la ética que éste promueve – el egocentrismo, el individualismo, el egoísmo, el anti-humanismo – se han convertido en sentido común de las masas explotadas y maltratadas y moldean su subjetividad. Creen que la vida es así de injusta y cruel, que siempre ha sido así y que será siempre así. No esperan que el futuro les vaya traer mejores cosas y observan con envidia y enojo a quienes en su alrededor tengan un poco más de dinero o de bienes. Sienten que la vida no les ha tratado de forma justa y no soportan que a otros les vaya mejor.

El neoliberalismo no es únicamente un modelo económico y político. Es también –en palabras de los educadores americanos Henry A. Giroux y Susan Searls Giroux (2009)– “una fuerza educativa, una pedagogía y una forma de gobernanza que  entrelaza formas de conocimiento, estrategias de poder y tecnologías del self.”[1] Décadas de neoliberalismo nos han moldeado silenciosa, sutil y efectivamente. Nadie de nosotros se da cuenta de esta transfiguración que sigue operando en nuestro interior y que se plasma en nuestros deseos, en nuestras emociones y afectos, en los pequeños placeres que disfrutamos en la vida cotidiana, en nuestras identificaciones e identidades y en nuestro sentido común a partir del cual interpretamos los sucesos en nuestro alrededor y creamos mundo. La ideología neoliberal nos ofrece “modos de inteligibilidad (del mundo, V.S.) que reproducen la ideología dominante y las formas institucionales que constituyen la base del orden social” (Giroux y Searle Giroux, 2009) sin que estemos conscientes de esto.

Para reconstruir un mundo humano diferente, un mundo de colaboración y convivencia pacífica; un mundo que ofrezca a todos los individuos un soporte social amoroso, comprensivo, solidario y generoso y la posibilidad de crecer y desarrollarse; un mundo pues que hace gala de las lemas de la Ilustración  -igualdad, libertad y  fraternidad– no basta un cambio de gobierno aunque éste sea una condición imprescindible. Es también esencial que recuperemos el trabajo político en las comunidades: formando grupos de reflexión e impulsando proyectos comunitarios. Necesitamos abrir espacios colectivos de debate, reflexión, exploración y colaboración que nos ayudan a identificar colectivamente las huellas del neoliberalismo en nuestro interior y en nuestra relación con los demás. Sólo al reconocernos moldeados por la ideología neoliberal tendremos la posibilidad de trascenderla y de liberarnos de ella.

Aunque para los humanos la vida solidaria, pacífica y colaborativa sigue siendo una utopía por la que vale la pena luchar, la biología moderna ha aportado ejemplos de plantas y animales que parecen haber encontrado formas de co-existencia que se asemejan a tal ideal. En su libro “La vida secreta de los árboles”[2] Peter Wohlleben, un guarda-bosques alemán, sostiene que el bosque es un organismo social: “Cuando un árbol se enferma, los fuertes le proveen de nutrimientos a través de las raíces. El que posee mucho, da; el necesitado recibe apoyo. (…) Juntos les va mejor. Un árbol no es un bosque. Muchos árboles crean juntos un ecosistema. Dentro de éste pueden vivir protegidos y llegar a ser muy viejos. Cada árbol es valioso para la comunidad y se merece ser conservado el mayor tiempo posible. Por esto también se provee de nutrimientos a los enfermos hasta que estén mejor. El bienestar de cada uno depende de la comunidad.” Quiero esperar que los humanos podamos aprender de los árboles y convertir sus principios de organización y convivencia en los nuestros.

14 de agosto de 2017

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[1] Giroux, Henry A. y Susan Searls Giroux (2009). “Beyond Bailouts: on the Politics of Education After Neoliberalism”, Policy Futures in Education, vol. 7, no. 1, pp. 1-4.

[2] Wohlleben, Peter (2016). La vida secreta de los árboles, Barcelona, Ediciones Obelisco (edición digital).

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